La Mano encantada

La Mano encantada

XII. DE ALBERTO EL GRANDE Y DE LA MUERTE

A Eustaquio le habían metido en una de esas celdas de los sótanos del Châtelet de las cuales decía Cyrano que si alguien le hubiera visto le habría tomado por una bujía bajo un apagavelas.

«Si es que me dan —pensó después de recorrer todos los rincones del celducho con una pirueta—, si es que me dan este vestido de rocas para que me sirva de traje, me resulta demasiado ancho; si para tumba, es demasiado estrecho. Los piojos tienen los dientes más largos que el cuerpo y constantemente la piedra le hace a uno daño, pues no es peor el mal de piedra porque la piedra esté fuera».

Aquí fue el reflexionar de Eustaquio sobre su mala suerte; aquí el maldecir del fatal favor que el prestidigitador le había hecho distrayendo uno de sus miembros a la natural autoridad de su cabeza, lo cual daba origen a toda clase de desórdenes que forzosamente tenían que sucederle. Pero la mayor sorpresa de Eustaquio fue ver al fatal Gonin en un calabozo y oír cómo le preguntaba tranquilamente qué tal se encontraba.

—¡Anda y que el diablo te lleve a ti y a tu alma! ¡Canalla embaucador y farsante gitano —le dijo—, tus encantamientos tienen la culpa!


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