La Mano encantada
La Mano encantada
A Eustaquio le habÃan metido en una de esas celdas de los sótanos del Châtelet de las cuales decÃa Cyrano que si alguien le hubiera visto le habrÃa tomado por una bujÃa bajo un apagavelas.
«Si es que me dan —pensó después de recorrer todos los rincones del celducho con una pirueta—, si es que me dan este vestido de rocas para que me sirva de traje, me resulta demasiado ancho; si para tumba, es demasiado estrecho. Los piojos tienen los dientes más largos que el cuerpo y constantemente la piedra le hace a uno daño, pues no es peor el mal de piedra porque la piedra esté fuera».
Aquà fue el reflexionar de Eustaquio sobre su mala suerte; aquà el maldecir del fatal favor que el prestidigitador le habÃa hecho distrayendo uno de sus miembros a la natural autoridad de su cabeza, lo cual daba origen a toda clase de desórdenes que forzosamente tenÃan que sucederle. Pero la mayor sorpresa de Eustaquio fue ver al fatal Gonin en un calabozo y oÃr cómo le preguntaba tranquilamente qué tal se encontraba.
—¡Anda y que el diablo te lleve a ti y a tu alma! ¡Canalla embaucador y farsante gitano —le dijo—, tus encantamientos tienen la culpa!
