La Mano encantada

La Mano encantada

XIV. CONCLUSIÓN

LA mañana de su ejecución, Eustaquio, que había sido encerrado en un calabozo menos oscuro que el otro, recibió la visita de un confesor, que le musitó algunos consuelos espirituales tan adecuados como los del bohemio y que no produjeron mejor efecto. Era un tonsurado que pertenecía a una de esas familias que para enaltecer su nombre siempre tienen un hijo que es abate; llevaba un alzacuello bordado y barba encosmeticada y rizada, en forma de huso, y un par de bigotes muy bien retorcidos, muy gentilmente atusados; tenía el pelo muy rizoso y procuraba hablar con una voz pastosa para tener un decir cariñoso. Eustaquio, al verle tan superficial y tan pimpante, no tuvo valor para confesarle toda su culpa y se confió a sus propias oraciones para conseguir el perdón de Dios.








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