Sylvie
Sylvie ADRIENNE
Me acosté en la cama, pero no logré hallar descanso. Sumido en una sensación de duermevela, mi juventud entera cruzaba por mis recuerdos. Este estado, en el que el espíritu aún se resiste a las extravagantes combinaciones del sueño, permite con frecuencia ver desfilar en unos minutos las escenas más importantes de un largo período de la vida.
Veía un castillo de la época de Enrique IV con sus tejados puntiagudos cubiertos de pizarra y su fachada rojiza, con ángulos dentados de piedras amarillentas; una gran explanada verde enmarcada por olmos y tilos, cuyo follaje atravesaban los encendidos rayos del sol. En el césped, unas muchachas bailaban en corro y cantaban antiguos romances, transmitidos por sus madres, en un francés tan naturalmente puro que uno se sentía en verdad transportado a ese viejo país del Valois en el que, durante más de mil años, ha palpitado el corazón de Francia.
