Sylvie
Sylvie Los organizadores de la fiesta habían preparado una sorpresa. Al terminar la comida, vimos cómo un cisne salvaje, hasta aquel momento cautivo bajo las flores, levantaba el vuelo desde el interior de la enorme canasta, y vimos también cómo con sus potentes alas agitaba los trenzados de guirnaldas y de coronas, y las arrojaba, dispersas, por los aires. Mientras se lanzaba, feliz, hacia los últimos rayos del sol, intentábamos atrapar las coronas con las que, cada uno de nosotros, distinguía la frente de su vecina. Tuve la suerte de coger una de las más hermosas, y Sylvie, sonriente, esta vez se dejó besar más tiernamente que la anterior. Comprendí que, de este modo, borraba el recuerdo de otros tiempos. En aquel instante no compartía con nadie mi admiración. ¡Se había vuelto tan hermosa! Ya no era aquella niña de pueblo a la que había desdeñado por otra mayor y más familiarizada con los placeres mundanos. Había mejorado en todos los aspectos: el encanto de sus ojos negros, tan seductores desde que era niña, resultaba ahora irresistible; bajo la órbita arqueada de las cejas, su sonrisa iluminaba de repente los rasgos plácidos y regulares del rostro y tenía algo ateniense. Admiraba aquella fisonomía digna del arte antiguo, que destacaba entre las caritas poco agraciadas de sus compañeras. Sus manos delicadamente alargadas, sus brazos, que se habían tornado más blancos y redondeados, su talle desenvuelto, la convertían en otra persona muy distinta de la que había conocido. No pude evitar decirle cuán cambiada la encontraba, esperando reparar, así, mi antigua y fugaz infidelidad.