Sylvie
Sylvie El aire era tibio y estaba como aromatizado; decidà no aventurarme más lejos y esperar a que amaneciera, acostándome sobre unas matas de brezo. Al despertar, fui reconociendo poco a poco los puntos de referencia del lugar en el que me habÃa perdido la noche anterior. A mi izquierda, vi dibujarse la larga lÃnea formada por los muros del convento de Saint S., y luego, al otro lado del valle, la colina de Gens d’Armes, con las descuidadas ruinas de la antigua residencia carlovingia. Cerca, por encima de la espesura del bosque, las altas ruinas de la abadÃa de Thiers recortaban en el horizonte sus murallas con aberturas en forma de tréboles y de ojivas. Más allá, el palacio gótico de Pontarmé, rodeado de agua como en otros tiempos, pronto reflejó las primeras luces del dÃa mientras, hacia el sur y por encima de las primeras laderas de Montméliant, veÃa alzarse el alto torreón de la Tournelle y las cuatro torres de Bertrand-Fosse.