Sylvie
Sylvie OTHYS
Al salir del bosque, nos encontramos ante enormes matas de purpúreas dedaleras con las que Sylvie compuso un gran ramo, diciéndome:
—Es para mi tÃa. Le encantará poder ver flores tan bonitas en su habitación. Para llegar a Othys, sólo nos faltaba atravesar una parte del llano. El campanario de la aldea despuntaba por encima de los azulados collados que van de Montméliant a Dammartin. El Théve fluÃa de nuevo entre piedras y guijarros, adelgazando ahora su caudal debido a la proximidad de su lugar de nacimiento por cuyos prados reposaba formando una laguna rodeada de gladiolos y de lirios. Pronto llegamos a las primeras casas. La tÃa de Sylvie vivÃa en una choza construida con desiguales piedras areniscas revestidas con emparrados de lúpulos y de pámpanos. Desde la muerte de su marido, vivÃa únicamente de unos bancales de tierra que la gente del pueblo cultivaba para ella. Con la llegada de la sobrina la casa parecÃa revivir.
—¡Buenos dÃas, tÃa! ¡Aquà están sus sobrinos! —exclamó Sylvie—. ¡Estamos hambrientos!
La besó tiernamente, le puso el ramo de flores entre los brazos y después, por fin, me presentó diciendo:
—¡Mi pretendiente!
A mi vez, besé a la tÃa, que dijo:
—Es apuesto… ¡y rubio!…
