Sylvie
Sylvie EL BAILE DE LOISY
Hice mi entrada en el baile de Loisy a esa hora melancólica y todavÃa dulce en que, ante la proximidad del dÃa, las luces titilan y palidecen. Las copas de los tilos adquirÃan tonalidades azuladas mientras las sombras iban ya cubriendo los troncos. La bucólica flauta ya no competÃa tan vigorosamente con los trinos del ruiseñor. Todo el mundo estaba pálido, y me costó encontrar algún rostro conocido entre los grupos dispersos. Por fin, descubrà a Lise, una amiga de Sylvie. Me besó.
—¡Cuánto tiempo sin verte, parisino! —exclamó.
—¡Oh, sÃ, mucho tiempo!
—¿Llegas en este momento, a estas horas?
—Por el camino de la posta.
—Sin prisas, ¿eh?
—QuerÃa ver a Sylvie, ¿está todavÃa en el baile?
—No se va hasta que luce la luz del dÃa. ¡Le gusta tanto bailar!
Al cabo de un momento me hallaba a su lado. Su semblante reflejaba cansancio; sin embargo, sus ojos negros seguÃan brillando con la sonrisa ateniense de antaño. Un joven permanecÃa cerca de ella. Con un gesto, Sylvie le indicó que renunciaba a la siguiente contradanza. Saludó y se retiró.
