Sylvie
Sylvie ERMENONVILLE
No sentía ningún deseo de dormir. Fui a Montagny para volver a ver la casa de mi tío. En cuanto divisé la fachada amarilla y los postigos verdes me invadió una gran tristeza. Todo aparecía igual que antaño; sólo que me vi obligado a ir hasta la casa del granjero para obtener la llave de la puerta. Una vez abiertas las contraventanas, contemplé con ternura los viejos muebles conservados en el mismo estado y a los que quitaban el polvo de vez en cuando; el alto armario de nogal, dos cuadros flamencos obra, según decían, de un antiguo pintor antepasado nuestro; grandes imitaciones de Bucher y una serie de grabados enmarcados de l’Emile y de La Nouvelle Héloïse, realizados por Moreau, y, encima de la mesa, un perro disecado al que conocí vivo, antiguo compañero de mis correrías por los bosques, el último doguillo quizá, pues pertenecía a dicha raza extinguida.
—En cuanto al loro, aún vive —me dijo el granjero—. Me lo he llevado a casa.
