Sylvie
Sylvie EL RIZADOTE
Regresé por el camino de Loisy. Todo el mundo estaba ya despierto. Sylvie iba ataviada como una señorita, casi a la moda de la ciudad. Me hizo subir a su habitación con la misma ingenuidad de antaño. Sus ojos seguían brillando con una sonrisa llena de encanto, pero el arco pronunciado de las cejas le prestaba, a veces, un aire de seriedad. La habitación estaba decorada con sencillez; sin embargo, los muebles eran modernos. Un espejo con marco dorado ocupaba el lugar de la antigua cornucopia en la que se veía a un idílico pastor ofreciendo un nido a una pastora azul y rosa. El lecho de columnas, castamente cubierto con una vieja colcha rameada, había sido sustituido por una camita de nogal adornada con un dosel. En la ventana, en la jaula en la que en otro tiempo estaban las currucas, había ahora unos canarios. Deseé salir urgentemente de aquella habitación en la que no encontraba restos del pasado.
—¿No trabaja hoy en sus encajes? —pregunté a Sylvie.
—¡Oh! He dejado de hacer encajes, ya no hay demanda. Incluso la fábrica de Chantilly ha tenido que cerrar.
—Entonces, ¿a qué se dedica?
Se dirigió hacia un rincón de la habitación en busca de un instrumento de hierro semejante a una larga pinza.
