Sylvie
Sylvie REGRESO
Al salir del bosque, apareció el paisaje. HabÃamos llegado a orillas de los lagos de Châalis. Las galerÃas del claustro, la capilla de esbeltas ojivas, la torre medieval y el pequeño castillo que abrigó los amores de Enrique IV y de Gabrielle se teñÃan con las rojizas tonalidades de la atardecida sobre el verdor oscuro del bosque.
—Parece un paisaje de Walter Scott, ¿verdad? —dijo Sylvie.
—¿Quién le ha hablado de Walter Scott? —le pregunté—. ¡Ha leÃdo mucho en esos años!… Yo intento olvidar los libros, y lo que me encanta es volver a ver en su compañÃa esta vieja abadÃa entre cuyas ruinas nos escondÃamos cuando éramos niños. ¿Recuerda, Sylvie, el miedo que tenÃa cuando el guarda nos contaba la historia de los monjes rojos?
—¡Oh, no los nombre!
—Pues cánteme la canción de la hermosa joven raptada en el jardÃn de su padre, bajo el rosal blanco.
—Ya no se canta.
—¿Se ha aficionado a la música?
—Un poco.
—¡Sylvie, Sylvie, seguro que canta ópera!
—¿Por qué le parece mal?
