Sylvie
Sylvie AURÉLIE
¡A ParÃs! El coche tarda cinco horas. Sólo me apremiaba el deseo de llegar a la ciudad antes del anochecer. Hacia las ocho me hallaba sentado en mi butaca habitual; Aurélie derrochaba inspiración y encanto en unos versos de vaga inspiración schilleriana debidos a un talento de la época. En la escena del jardÃn llegó a estar sublime. Durante el cuarto acto, en el que ella no aparecÃa en escena, salà para comprar un ramo de flores en la floristerÃa de madame Prévost. Adjunté una carta muy tierna, con la firma: Un desconocido. Pensé: «Quizá sirva de punto de referencia para el futuro». Y, al dÃa siguiente, me hallaba en camino hacia Alemania.
¿Qué iba a hacer allÃ? Intentar poner orden en mis sentimientos. Si escribiera una novela, jamás lograrÃa que la historia de un corazón dominado por dos amores simultáneos resultara verÃdica. Sylvie se me escapaba por mi culpa, pero volver a verla habÃa bastado para que mi alma reviviera. En lo sucesivo, serÃa para mà como una estatua sonriente en el templo de la virtud. Su mirada me detuvo al borde del abismo. Con renovada energÃa rechazaba la idea de comparecer ante Aurélie para batallar contra tantos enamorados vulgares que brillaban momentáneamente a su lado para caer, de inmediato, destrozados.
«Algún dÃa se verá —me dije— si esa mujer tiene corazón».
