Sylvie

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XIII

AURÉLIE

¡A París! El coche tarda cinco horas. Sólo me apremiaba el deseo de llegar a la ciudad antes del anochecer. Hacia las ocho me hallaba sentado en mi butaca habitual; Aurélie derrochaba inspiración y encanto en unos versos de vaga inspiración schilleriana debidos a un talento de la época. En la escena del jardín llegó a estar sublime. Durante el cuarto acto, en el que ella no aparecía en escena, salí para comprar un ramo de flores en la floristería de madame Prévost. Adjunté una carta muy tierna, con la firma: Un desconocido. Pensé: «Quizá sirva de punto de referencia para el futuro». Y, al día siguiente, me hallaba en camino hacia Alemania.

¿Qué iba a hacer allí? Intentar poner orden en mis sentimientos. Si escribiera una novela, jamás lograría que la historia de un corazón dominado por dos amores simultáneos resultara verídica. Sylvie se me escapaba por mi culpa, pero volver a verla había bastado para que mi alma reviviera. En lo sucesivo, sería para mí como una estatua sonriente en el templo de la virtud. Su mirada me detuvo al borde del abismo. Con renovada energía rechazaba la idea de comparecer ante Aurélie para batallar contra tantos enamorados vulgares que brillaban momentáneamente a su lado para caer, de inmediato, destrozados.

«Algún día se verá —me dije— si esa mujer tiene corazón».


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