Poesia y prosa
Poesia y prosa Volvió el santo hombre a su celda lleno de tribulación; pero se consoló pronto y se sintió confortado al advertir una sonrisa —una celeste sonrisa de indulgencia— en la faz de su crucifijo… («Bienaventurados los simples de corazón…»).
Cipriano, pues, no era ingrato, no; pensaba en su diablo con frecuencia.
Aquel buen señor, que bajo las especies de Mefisto le estaba ayudando de una manera tan hábil, tan discreta, tan eficaz, merecÃa su más cariñoso reconocimiento.
Hubiera querido verle, hablarle; pero cierto dÃa, en que fue a visitar a Madame Dupont con el exclusivo fin de preguntarla «las señas del diablo», ella se echó a reÃr con la sonora risa que ya hemos oÃdo.
Sin embargo —dijo Cipriano, picado en su amor propio—, ¿no fue por insinuación suya por lo que usted me invitó aquella tarde?
—Ciertamente; pero usted comprende que, a pesar del frÃo que hace, yo no voy a tener corazón de enviarle a usted al infierno para que busque a su protector…
—Vamos, ya no rÃa usted de mÃ. ¿Dónde vive ese señor?