Poesia y prosa

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El diablo desinteresado

Racimo

y 9

Caía la tarde (creo que esta frase hecha es muy oportuna para empezar el postrero capítulo del presente novelín); caía la tarde, o, si te place, Fabio, atardecía…

No temas, empero, que te describa el crepúsculo con su «orgía de colores». Aquél no era un crepúsculo orgiástico; muy decentito, al contarlo, muy modesto, muy sobrio, apenas con el intento de un rosa asalmonado.

En el Bulevar Pereire todo era paz.

Una azulada niebla parecía inmaterializar las lontananzas (esa azulada niebla de París, ya descrita, que Cipriano encuentra más bella que todas las opulencias solares, y que da un tono tan delicado a cuanto envuelve, como si fuera el propio tul, la propia tela divina del ensueño: … «Such Stuff» as dreams are made on!)

Un hombre joven, elegantemente vestido, llamaba a la verja de un pequeño «hotel», rodeado de espesa verdura.

Su mano trémula hacía sonar el timbre con ligeras intermitencias.

Lector, no caviles más: aquel joven era Cipriano, que, por fin, gracias a Madame Dupont, sabía la dirección del diablo e iba a darle, con efusión, las gracias por el indecible bien recibido.


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