Poesia y prosa
Poesia y prosa El diamante en la inquietud

Una mañana que, comprenderás, amigo, debió ser necesariamente luminosa, cumplidas todas las formalidades del caso, celebramos Ana María y yo nuestro matrimonio.
Hicimos después registrar el acta en nuestros respectivos consulados, y santas pascuas.
Un espléndido tren, uno de esos vastos y confortables trenes de la New York Central and Hudson River, nos llevó a Buffalo —ciudad que siempre me ha sido infinitamente simpática— y de allí nos fuimos en tranvía eléctrico al Niágara.
Queríamos pasar nuestros primeros días de casados al borde de las Cataratas, haciendo viajes breves a las simpáticas aldeas vecinas del Canadá.
Parecíame que el perenne estruendo de las aguas había de aislar nuestras almas, cerrando nuestros oídos a todo rumor que no fuese su monótono y divino rumor milenario.
Parecíame que el perpetuo caer de su linfa portentosa, habría de sumirnos en el éxtasis propicio a toda comunión de amor.
Y así fue.