Poesia y prosa
Poesia y prosa Pues, ¡y la música de la voz! La voz que te acaricia hasta cuando en su timbre hay enojo, la voz que añade más música a la música eterna y siempre nueva de loste quiero.
En cuanto a los cabellos abundantes, que en el sencillo aliño del tocado casero, caen en dos trenzas rubias o negras (las de Ana MarÃa eran de una negrura sedosa, incomparable), son, amigo, un don para las manos castas que los acarician, como pocos dones en la tierra.
Puede un hombre quedar ciego para siempre, y si su mujer posee estos tres encantos, seguirlos disfrutando con fruición inefable.
Oirá los pasos cadenciosos, ir y venir familiarmente por la casa.
En su oÃdo alerta y aguzado por la ceguera, sonará la música habitual y deliciosa de la voz amada.
Y las manos sabias, expertas, que han adquirido la delicadeza de las antenas trémulas de los insectos, alisarán los cabellos de seda, que huelen a bosque virgen, a agua y a carne de mujer.
Pues con ser tanto no eran estas tres cosas las solas que volvÃan infinitamente amable a Ana MarÃa; toda su patria, toda la AndalucÃa, con su tristeza mora, recogida y religiosa, con su grave y delicado embeleso, estaba en ella. Y además ése no sé qué enigmático que hay en la faz de las mujeres que me han peregrinado asaz por tierras lejanas.