Poesia y prosa
Poesia y prosa El diamante en la inquietud

Dirás, acaso, que el fantasma me venció en toda la línea.
No, amigo: ¡Yo vencí al fantasma!
¡Le vencí!, porque Ana María no se fue al dichoso convento a vivir excesivamente para él; y por otra razón esencial, porque ahora iba yo a ser para el alma de mi amada el verdadero ausente, en vez del difunto… ¡Iba yo ella el muerto! («Vivants vous êtes les fantômes; c'est nous qui sommes les vivants!» —dijo Víctor Hugo). ¡Y los ausentes y los muertos siempre tienen razón! Una dorada perspectiva los transfigura, los torna sagrados… ¡Ah!, si algo llevamos de nuestras pasiones, de nuestros apegos al otro lado de la sombra; ¡si la muerte no nos deshumaniza y nos descasta por completo, el fantasma aquél que tanto daño me hizo, habrá tenido a su vez celos de mí en su lobreguez silenciosa! De mí, el ausente de su mundo, el amado después que él, el verdadero muerto…

Sesenta años he cumplido, amigo, como te expuse al empezar, y he amado muchas, muchas veces; ¡pero en verdad te digo que es aquélla la vez en que amé más!
