Poesia y prosa
Poesia y prosa Sí, recordaba: Él no había sido nunca más que Lope, Lope de Figueroa, natural de Toledo. Su padre fue librero, y en la calle de los Libreros había nacido él. Gracias al comercio del autor de sus días, pudo leer bastante, mucho para la época. Hubiera seguido aquel comercio, pero temprano se sintió tentado por el arte divino de la orfebrería. Siempre que lo llevaban a la Catedral, a San Juan de los Reyes, a Santo Tomás, y, en sus pequeños viajes, a algunas de las grandes iglesias de España, caía en éxtasis ante las custodias, los copones, los relicarios. Se sabía de memoria los detalles de la mayor parte de estas obras maestras de metal que existían entonces en la Península, casi todas ellas en forma de quiméricas arquitecturas, en que la inspiración de los artistas no conocía límites para su vuelo. El nombre de los Arfé, esos magos oriundos de Alemania, era para él como el nombre de una divinidad. La custodia de Córdoba, ejecutada en 1513 por Enrique; la de Sahagún, la de Toledo, hecha en 1524 (única que Lope había podido contemplar), formaban para él como los tres resplandores de gloria de este hombre excepcional. La custodia de Santiago y la de Medina de Rioseco, ejecutadas por el hijo de Enrique, Antonio Arfé, en estilo plateresco, las había visto en dos reproducciones de yeso en un taller de Toledo, y lo cautivaban en extremo; y la amistad de Juan Arfé, que era su camarada y que a la sazón había ejecutado ya la custodia de Ávila (hecha en 1571) e iba a ejecutarla de Sevilla, que empezó en 1580, fecha alrededor de la cual gira este absurdo relato, le llenaba de orgullo. Aun estaban en el porvenir, la custodia del mismo, que fue después, en 1590, una de las joyas más preciadas de Valladolid, y la de Juan Benavente, cincelada en 1582 en el estilo del Renacimiento.