Poesia y prosa
Poesia y prosa —¡Los sueños son asÃ! —respondió MencÃa apaciblemente, sin levantar los ojos de su bordado—. ¡Los sueños… son asÃ! A mà me contristó mucho —siguió diciendo—, me hizo gran lástima verte en el lecho, sacudido por la ansiedad; quise despertarte, pero no lo logré; tan pesadamente dormÃas… Por fortuna, a poco desapareció el sobresalto… Ahora recuerdo que hablabas de un atentado contra un hijo que tenÃas, y pronunciabas palabras raras que nunca oà antes, y que infundÃan a todos miedo, terror y espanto. DecÃas…, decÃas: «¡Los anarquistas!».
—SÃ, cierto —exclamó Lope, sintiendo subir de nuevo a su cerebro una ola de extrañeza—. Eran unos rebeldes…
—¿Como nuestros comuneros?
—Incomparablemente peores…; fuera de toda ley… ¿Y después?
—Tu hijo el prÃncipe morÃa asesinado, y tú tristemente, tristemente, seguÃas reinando. Gustabas de cazar…, deja que haga memoria, e ibas a no sé dónde, en una máquina vertiginosa…, en la que has nombrado hace poco…
—En un automóvil, ya te lo he dicho.
—Eso es, algo asà he escuchado, algo incomprensible.
—¿Sabes cómo era esa máquina?
—No podrÃa imaginarlo.