Poesia y prosa

Poesia y prosa

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Casi todos los balcones estaban engalanados con colgaduras diversas.

Preguntó Lope la razón, y Mencía díjole que la corte se encontraba en la ciudad imperial desde hacía algunos días, y que iba con pompa a todas partes, pasando casi siempre por la plaza.

Lope recorrió con la mirada atónita el panorama. La urdimbre de callejuelas se enredaba a sus pies. Bordábanlas en su mayoría muros bajos, con muy pocas ventanas, y todas las arquitecturas se codeaban en el más heteróclito contubernio. Campanarios, miradores, ajimeces, burdos o airosos portales encancelados, ventanas góticas, postigos enrejados; sobre la sinagoga, la cruz; junto a la pesada torre medioeval, áspera y fuerte como la de un castillo roquero, el alado minarete bordado de encajes; junto a la severidad de un cornisamento romano, la gracia enredada y traviesa de un arabesco que canta los atributos de Allah; un sobrio y reciente pórtico del Cinquecento, junto a un arco mudéjar o a un pórtico plateresco.

Toledo, sentada sobre su arisco trono de rocas, vivía los últimos años de su apogeo. El rey Don Felipe había trasladado desde 1560 la corte a Madrid. Era esta última villa, denominada «la única corte», muy sucia y malsana, a pesar de tan pomposo nombre. Contaba a lo sumo treinta mil habitantes, y en mucho tiempo su población no aumentó por cierto de una manera sensible.


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