Poesia y prosa
Poesia y prosa Una mentira

Cuando conoció Fernando a Blanca, era ésta casi una niña. Sus quince años llenos de embeleso, con aparentes delicadezas y fragilidades de florecita de estufa; su rostro de palidez incitante, en la que negreaban dos ojos estupendos y rojeaba la más fresca y traviesa boca; su pelo abundoso de un castaño bronceado; la languidez un poco enfermiza de sus movimientos cadenciosos; no sé qué hálito de simpatía, como todas las simpatías inexplicable, rindieron pronto el corazón de aquel hombre ya un poco maduro, que hasta entonces no había encontrado en la vida más que a la aventura y no pensaba encontrar ya al amor.
Fernando desempeñaba a la sazón en la patria de Blanca el puesto de Encargado de Negocios de su país, otra República hispanoamericana.
Diplomático de carrera, a los treinta y un años había ya recorrido innumerables Legaciones de Europa y América, desde los diez y ocho, edad en la que empezó como agregado a su Legación en París.
