Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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– ¡vosotros mismos y vuestra visión, perdonádmelo! En efecto, todo aquél que contempla a un desesperado cobra ánimos. Para consolar a un desesperado – siéntese bastante fuerte cualquiera.

A mí mismo me habéis dado vosotros esa fuerza, – ¡un buen don, mis nobles huéspedes! ¡Un adecuado regalo de huéspedes! Bien, no os irritéis, pues, porque también yo os ofrezca de lo mío.

Éste es mi reino y mi dominio: pero lo que es mío por esta tarde y esta noche debe ser vuestro. Mis animales deben serviros a vosotros: ¡sea mi caverna vuestro lugar de reposo!

En mi casa, aquí en mi hogar, nadie debe desesperar, en mi coto de caza yo defiendo a todos contra sus animales salvajes. Y esto es lo primero que yo os ofrezco: ¡seguridad!

Y lo segundo es: mi dedo meñique. Y una vez que tengáis ese dedo, ¡tomaos la mano entera!, ¡y además, el corazón! ¡Bienvenidos aquí, bienvenidos, huéspedes míos!».

Así habló Zaratustra, y rió de amor y de maldad. Tras este saludo sus huéspedes volvieron a hacer una inclinación y callaron respetuosamente; mas el rey de la derecha le contestó en nombre de ellos.


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