Así habló Zaratustra
Así habló Zaratustra – dando respuestas aún más fuertes, uno que imparte órdenes, un victorioso: oh, ¿quién no subiría, por contemplar tales plantas, a elevadas montañas?
Con tu árbol de aquí, oh Zaratustra, se reconforta incluso el hombre sombrío, el fracasado, con tu visión se vuelve seguro incluso el inestable, y cura su corazón.
Y, en verdad, hacia esta montaña y este árbol se dirigen hoy muchos ojos; un gran anhelo se ha puesto en marcha, y muchos han aprendido a preguntar: ¿quién es Zaratustra?
Y, aquél en cuyo oído has derramado tú alguna vez las gotas de tu canción y de tu miel: todos los escondidos, los eremitas solitarios, los eremitas en pareja, han dicho de pronto a su corazón:
“¿Vive aún Zaratustra? Ya no merece la pena vivir, todo es idéntico, todo es en vano[511]: o – ¡tenemos que vivir con Zaratustra!”.
“¿Por qué no viene él, que se anunció hace ya tanto tiempo?, así preguntan muchos; ¿se lo ha tragado la soledad? ¿O acaso somos nosotros los que debemos ir a él?”.
Ahora ocurre que la propia soledad se ablanda y rompe como una tumba que se resquebraja y no puede seguir conteniendo a sus muertos. Por todas partes se ven resucitados[512].