Ecce homo
Ecce homo Por ejemplo, yo no soy en modo alguno un espantajo, un monstruo de moral, —yo soy incluso una naturaleza antitética de esa especie de hombres venerada hasta ahora como virtuosa. Dicho entre nosotros, a mà me parece que justo esto forma parte de mi orgullo. Yo soy un discÃpulo del filósofo Dioniso, preferirÃa ser un sátiro antes que un santo. Pero léase este escrito. Tal vez haya conseguido expresar esa antÃtesis de un modo jovial y afable, tal vez no tenga este escrito otro sentido que ése. La última cosa que yo pretenderÃa serÃa «mejorar» a la humanidad[1]. Yo no establezco Ãdolos nuevos, los viejos van a aprender lo que significa tener pies de barro. Derribar Ãdolos («Ãdolos» es mi palabra para decir «ideales»)— eso sà forma ya parte de mi oficio. A la realidad se la ha despojado de su valor, de su sentido, de su veracidad en la medida en que se ha fingido mentirosamente un mundo ideal… El «mundo verdadero» y el «mundo aparente[2]» —dicho con claridad: el mundo fingido y la realidad… Hasta ahora la mentira del ideal ha constituido la maldición contra la realidad, la humanidad misma ha sido engañada y falseada por tal mentira hasta en sus instintos más básicos— hasta llegar a adorar los valores inversos de aquellos solos que habrÃan garantizado el florecimiento, el futuro, el elevado derecho al futuro.
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