Ecce homo
Ecce homo No habla aquà un fanático, aquà no se «predica», aquà no se exige fe: desde una infinita plenitud de luz y una infinita profundidad de dicha va cayendo gota tras gota, palabra tras palabra, —una delicada lentitud es el tempo [ritmo] propio de estos discursos. Algo asà llega tan sólo a los elegidos entre todos; constituye un privilegio sin igual el ser oyente aquÃ; nadie es dueño de tener oÃdos para escuchar a Zaratustra… ¿No es Zaratustra, con todo esto, un seductor?… ¿Qué es, sin embargo, lo que él mismo dice cuando por vez primera retorna a su soledad? Exactamente lo contrario de lo que en tal caso dirÃa cualquier «sabio», «santo», «redentor del mundo» y otros décadents[8] [decadentes]… No sólo habla de manera distinta, sino que también es distinto…
¡Ahora yo me voy solo, discÃpulos mÃos! ¡También vosotros os vais ahora solos! Asà lo quiero yo.
En verdad, éste es mi consejo: ¡Alejaos de mà y guardaos de Zaratustra! Y aun mejor: ¡avergonzaos de él! Tal vez os ha engañado. El hombre del conocimiento no sólo tiene que poder amar a sus enemigos, tiene también que poder odiar a sus amigos[9].
Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discÃpulo. ¿Y por qué no vais a deshojar vosotros mi corona?