Ecce homo
Ecce homo Descontado, pues, que soy un décadent, soy también su antÃtesis. Mi prueba de ello es, entre otras, que siempre he elegido instintivamente los remedios justos contra los estados malos; en cambio, el décadent en sà elige siempre los medios que lo perjudican. Como summa summarum [conjunto] yo estaba sano; como ángulo, como especialidad, yo era décadent. Aquella energÃa para aislarme y evadirme absolutamente de las condiciones habituales, el haberme forzado a mà mismo a no dejarme cuidar, servir, medicar — esto revela la incondicional certeza instintiva sobre lo que yo necesitaba entonces ante todo. Me puse a mà mismo en mis manos, me sané yo a mà mismo: la condición de ello —cualquier fisiólogo lo concederá— es estar sano en el fondo. Un ser tÃpicamente enfermizo no puede sanar, aun menos sanarse él a sà mismo; para un ser tÃpicamente sano, en cambio, el estar enfermo puede constituir incluso un enérgico estimulante para vivir, para más-vivir. Asà es como de hecho se me presenta ahora aquel largo perÃodo de enfermedad: por asà decirlo, descubrà de nuevo la vida, y a mà mismo incluido, saboreé todas las cosas buenas e incluso las cosas pequeñas como no es fácil que otros puedan saborearlas, — convertà mi voluntad de salud, de vida, en mi filosofÃa… Pues préstese atención a esto: los años de mi vitalidad más baja fueron los años en que dejé de ser pesimista: el instinto de autorrestablecimiento me prohibió una filosofÃa de la pobreza y del desaliento… ¿Y en qué se reconoce en el fondo la buena constitución? En que un hombre bien constituido hace bien a nuestros sentidos, en que está tallado de una madera que es, a la vez, dura, suave y olorosa. A él le gusta sólo lo que le resulta saludable; su agrado, su placer, cesan cuando se ha rebasado la medida de lo saludable. Adivina remedios curativos contra los daños, saca ventaja de sus contrariedades; lo que no lo mata lo hace más fuerte[17]. Instintivamente forma su sÃntesis con todo lo que ve, oye, vive: es un principio de selección, deja caer al suelo muchas cosas. Se encuentra siempre en su compañÃa, se relacione con libros, con hombres o con paisajes, él honra al elegir, al admitir, al confiar. Reacciona con lentitud a toda especie de estÃmulos, con aquella lentitud que una larga cautela y un orgullo querido le han inculcado, examina el estÃmulo que se acerca, está lejos de salir a su encuentro. No cree ni en la «desgracia» ni en la «culpa», liquida los asuntos pendientes consigo mismo, con los demás, sabe olvidar, — es bastante fuerte para que todo tenga que ocurrir de la mejor manera para él. —Y bien, yo soy todo lo contrario de un décadent, pues acabo de describirme a mà mismo.