El caminante y su sombra
El caminante y su sombra El caminante.—Creo que te comprendo, aunque te expreses como lo hacen las sombras. Pero tienes razón: a veces los amigos, como signo de inteligencia, intercambian una palabra oscura, que para los demás es un enigma. Y nosotros somos buenos amigos. De modo que basta de preámbulos. Centenares de preguntas pesan sobre mi alma y quizá disponga de un menor tiempo para contestarlas. Veamos rápida y tranquilamente de qué vamos a hablar.
La sombra.—Pero las sombras son más tÃmidas que los hombres: supongo que no le dirás a nadie cómo se ha desarrollado nuestra conversación.
El caminante.—¿El modo como se ha desarrollado nuestra conversación? ¡LÃbreme el cielo de los diálogos escritos de largo aliento! Si a Platón le hubiera gustado menos escribir en diálogos, a sus lectores les habrÃa complacido más leerle. Una conversación que en la realidad nos agrada, escrita y leÃda se convierte en un cuadro en el que todas las perspectivas son falsas: todo es demasiado largo o demasiado corto. Sin embargo, quizá publique algo en lo que estemos de acuerdo.
La sombra.—Eso me basta, nadie verá en ello nada más que tus opiniones; nadie pensará en la sombra.
El caminante.—Puede que te equivoques, amiga. Hasta ahora, en mis opiniones, se ha creÃdo ver más a mi sombra que a mà mismo.
La sombra.—¿Más la sombra que la luz? ¿Es posible?
