El crepusculo de los idolos
El crepusculo de los idolos ¿Qué es lo único que puede ser nuestra doctrina? Que nadie da al hombre sus características, ni Dios, ni la sociedad, ni sus padres y antepasados, ni él mismo (el sinsentido de la representación aquí rechazada en último lugar ha sido enseñado como «libertad inteligible» por Kant, quizá también ya por Platón). Nadie es responsable del mero hecho de existir, de estar constituido de tal o de cual modo, de hallarse en estas circunstancias, en este entorno. La fatalidad de la propia forma de ser no se puede separar de la fatalidad de cuanto fue y de cuanto será. Él no es la consecuencia de un propósito específico, de una voluntad, de una finalidad, con él no se hace el intento de alcanzar un «ideal de hombre», o un «ideal de felicidad» o un «ideal de moralidad»; es absurdo querer achacar la propia forma de ser a algún fin. Nosotros hemos inventado el concepto de «fin»: en la realidad falta el fin… Se es necesariamente, se es un pedazo de fatalidad, se pertenece al todo, se es en el todo; no hay nada que pueda juzgar, medir, comparar, condenar nuestro ser, pues tal cosa significaría juzgar, medir, comparar, condenar el todo… ¡Pero no hay nada fuera del todo! Que ya a nadie se le haga responsable, que no sea lícito remitir la modalidad del ser a una causa prima, que el mundo no sea una unidad como sensorio ni como «espíritu», solo ésta es la gran liberación, solo con ella queda restablecida la inocencia del devenir… El concepto de «Dios» ha sido hasta ahora la mayor objeción contra la existencia… Nosotros negamos a Dios, nosotros negamos la responsabilidad en Dios: solo con ello redimimos el mundo.