El crepusculo de los idolos

El crepusculo de los idolos

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Tomemos el otro caso de la denominada moral, el caso de la cría selectiva de una determinada raza y especie. El más grandioso ejemplo de ello nos lo da la moral india, sancionada como religión en tanto que «Ley de Manú». Aquí se plantea la tarea de criar nada menos que cuatro razas a la vez: una sacerdotal, una guerrera, una comerciante y agrícola y, finalmente, una raza de servidores, los sudras. Como resulta patente, aquí ya no estamos entre domadores de animales: un tipo de hombre cien veces más apacible y racional es el presupuesto para ya tan solo concebir el plan de una cría selectiva como ésa. Se respira aliviado al pasar del aire cristiano, un aire de enfermos y de calabozo, a ese mundo más sano, más elevado, más ancho. ¡Qué ruin es el «Nuevo Testamento» comparado con Manú, qué mal huele! Pero también esta organización necesitaba ser terrible; esta vez no en lucha con la bestia, sino con su concepto contrario, con el hombre no mejorado por cría selectiva, con el hombre de la mezcolanza, con el chandala. Y de nuevo no tenía otro medio para hacerlo inofensivo, para hacerlo débil, que hacerlo enfermo: era la lucha con el «gran número». Quizá no haya nada que contradiga más a nuestro sentimiento que estas medidas protectoras de la moral india. El tercer edicto, por ejemplo (Avadana-Sastra I), el «de las verduras impuras», dispone que la única alimentación permitida a los chandalas debe ser ajo y cebolla, toda vez que la sagrada escritura prohibe darles grano o frutas que tengan granos, o agua o fuego. El mismo edicto establece que no les es lícito tomar de los ríos, de las fuentes o de los estanques el agua que necesiten, sino solo de los accesos a ciénagas y de agujeros que se hayan formado con las pisadas de los animales. Igualmente se les prohíbe lavar su ropa blanca y que se laven a sí mismos, dado que el agua que se les concede a modo de gracia solo les es lícito utilizarla para apagar la sed. Finalmente, una prohibición a las mujeres sudras de asistir a las mujeres chandalas cuando den a luz, e igualmente una prohibición a estas últimas de asistirse unas a otras con esa misma ocasión… El resultado de semejante política sanitaria no se hizo esperar: epidemias atroces, repulsivas enfermedades venéreas y después de eso otra vez la «ley del cuchillo», que dispone la circuncisión para los niños, la ablación de los labios menores para las niñas. Manú mismo dice: «Los chandalas son el fruto del adulterio, del incesto y del crimen (ésa es la consecuencia necesaria del concepto de cría selectiva). Solamente deben tener como vestidos los harapos de cadáveres, como vajilla cuencos rotos, para su adorno hierro viejo, como objeto de culto solamente los malos espíritus; deben vagar sin descanso de un lugar a otro. Les está prohibido escribir de izquierda a derecha y valerse de la mano derecha para escribir: el uso de la mano derecha y de la escritura de izquierda a derecha está reservado solamente a los virtuosos, a la gente de raza».


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