Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano VÍCTIMA VOLUNTARIA.— No existe mejor medio para que las mujeres de mérito hagan la vida fácil y cómoda a sus maridos, cuando son célebres y grandes, que convertirse por propia voluntad en una especie de receptáculo de la malquerencia general y del malhumor ocasional de los demás hombres. Los contemporáneos tienen la perversa costumbre de achacar a los grandes hombres errores y tonterías, y aun actos de torpe injusticia, siempre que encuentran alguna víctima voluntaria a quien puedan maltratar e inmoral para descargo de la propia conciencia. No es raro encontrar mujeres que tengan el deseo de entregarse a ese sacrificio como víctimas propiciatorias, y en ese caso, el hombre debe hallarse muy satisfecho, siempre que sea lo suficientemente egoísta para mirar impaciente la abnegación de ese pararrayos, paratruenos y paraguas voluntario.
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AMABLES ADVERSARIOS.— La inclinación natural de las mujeres a una existencia pacífica y a relaciones amistosas de armonía, de concordia feliz, lo que sus influencias arrojan de aceite y de calma sobre el mar agitado de la vida, contraste notablemente y trata de anular los ímpetus heroicos del espíritu libre. Sin notarlo, las mujeres laboran a la manera de quien quitara las piedras del camino que sigue un mineralogista, para que no encuentre obstáculos, siendo así que su excursión no ha tenido otro objeto que tropezar con ellas.