Humano, demasiado humano

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EL DESARROLLO DEL ESPÍRITU, CAUSA DE TEMOR PARA EL ESTADO.— La ciudad griega (polis) era, como todo poder político, organizadora, exclusiva y desconfiada respecto al acrecentamiento de la cultura: su instinto seguro de violencia, casi no mostraba en relación a ella sino tormentos y trabas. No quería admitir en la cultura ni historia ni progreso: la educación establecida en la constitución debía obligar a todas las generaciones y mantenerlas en un nivel único, así como Platón lo quería todavía para su Estado ideal. Fue, pues, a despecho de la polis el desarrollo de la cultura: es verdad que indirectamente y a su pesar, le prestaba una ayuda, la ambición de cada particular, estando como estaba en la polis excitada hasta el más alto punto, de manera que una vez empeñando en la vía del progreso intelectual, empujaba por ello también hasta el último límite. No se debe replicar tomando como base el panegírico de Pericles, pues éste no era sino un gran miraje optimista sobre la unión que se decía necesaria entre la polis y la cultura ateniense. Tucídides la hace brillar una vez más antes que la noche invadiese a Atenas (la peste y la ruptura de la tradición): luminoso crepúsculo destinado a hacer brillar el triste día que le precedió.

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