Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano LA GUERRA INDISPENSABLE.— Es una vana idea de utopistas y bellas almas esperar mucho todavÃa (o mucho solamente entonces) de la humanidad, cuando se haya olvidado de hacer la guerra. Entretanto, no conocemos otro medio que pueda dar a los pueblos fatigados esa ruda energÃa del campo de batalla, ese profundo odio impersonal, esa sangre frÃa en el que mata unida a una buena conciencia, ese ardor común por el aniquilamiento del enemigo, esa audaz indiferencia por las grandes pérdidas, por la propia vida y la de las personas que se ama, ese quebrantamiento sordo de las almas comparable a los terremotos, con tanta fuerza y seguridad como los produce toda gran guerra: los arroyos y los torrentes que se muestran entonces corriendo, es verdad, sobre lechos de piedras y de fango de todas clases y arruinado los prados de cultivo más delicado, ponen en seguida en movimiento las ruedas de los talleres del espÃritu, que vuelven a girar con fuerza. La civilización no puede prescindir de las pasiones, de los vicios y de las maldades. Cuando los romanos del imperio se cansaron algo de la guerra, trataron de sacar nuevas fuerzas de la caza de bestias feroces, de los combates de los gladiadores y de las persecuciones de los cristianos. Los ingleses de hoy, que han renunciado también a la guerra, toman otro medio de entretener esas fuerzas que decrecen: los viajes peligrosos de descubrimientos, travesÃas, ascensiones, empresas, con ésos que llaman fines cientÃficos, pero que son en realidad un suplemento de fuerza. Se inventarán bajo diversas formas semejantes sustitutos de la guerra, pero quizá harán éstos conocer más y más que una humanidad de cultura tan elevada como al europea actual, y que está por lo mismo tan fatigada, tiene necesidad, no solamente de la guerra, sino de guerras más terribles —de regresos momentáneos a la barbarie— para no gastar en medios de civilización su propia civilización y aun su propia existencia.