Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano De las pasiones nacen las opiniones: la pereza de espíritu las hace cristalizar en convicciones. Quien se cree un espíritu libre, infatigable, en la vida, puede impedir esta cristalización por un cambio constante; y si siempre fuera una bola de nieve pensante, tendrá formado en su cerebro un caudal, no de opiniones, sino de concepciones ciertas y verosimilitudes medidas con precisión. Pero nosotros, que somos seres mixtos, tan pronto inflamados por el fuego como refrescados por el espíritu, doblamos la rodilla ante la justicia, como ante la única diosa superior a nosotros mismos. El fuego que está en nosotros nos hace por lo común injustos, y a los ojos de esta diosa, impuros; nunca nos ha permitido, durante este estado, llegar hasta ella; jamás nos dirigió la más leve sonrisa de complacencia. La veneramos como al Isis velado de nuestra vida; llenos de vergüenza le rendimos el tributo y el sacrificio de nuestro dolor, cuando el fuego nos abrasa y amenaza devorarnos. El espíritu es quien nos salva de ser enteramente consumidos y reducidos a cenizas; nos separa de tiempo en tiempo del altar de los sacrificios a la justicia, o bien nos oculta bajo un incombustible tejido de amianto. Liberados del fuego marchábamos entonces, empujados por el espíritu, de opinión en opinión, a través del cambio de las partes, traicionando noblemente todo aquello que puede ser traicionado, y, sin embargo, sin el menor sentimiento de culpabilidad.