Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano INJUSTICIA NECESARIA.— Todos los juicios sobre el valor de la vida se desarrollan ilógicamente y, por consiguiente, son injustos. La inexactitud en el juicio proviene primeramente de la manera con que las materias se presentan, es decir muy incompletamente; en segundo lugar, de la manera de sumarlas, y en tercer lugar, de que de cada una de estas piezas se hace, a su vez, el resultado de un conocimiento inexacto. Ninguna experiencia que se relacione directamente con un hombre, por ejemplo, aun cuando se encuentre próximo a nosotros, puede ser completa en forma tal que tuviéramos derecho para hacer apreciación directa en conjunto; todas las apreciaciones son prematuras y tienen que serlo. Por último, nuestro ser no es tampoco invariable: tenemos tendencias y fluctuaciones, y sin embargo, deberíamos ser una unidad fija, para apreciar las relaciones de una cosa cualquiera respecto a nosotros, de modo justo. Quizá se siga de todo esto que no se debería juzgar absolutamente; ¡si pudiéramos vivir sin hacer apreciaciones, sin tener afectos ni desafectos!… pero toda aversión está ligada a una apreciación, como puede estarlo una inclinación afectuosa. Una impulsión a aproximarnos o separarnos de algo, sin un sentimiento de querer lo ventajoso, de evitar lo dañino, una impulsión sin apreciación por el conocimiento que influye en el valor del fin, no existe entre los hombres. Somos, por nuestro destino, seres ilógicos, y por lo mismo injustos, y, sin embargo, no podemos reconocerlo. Tal es una de las mayores y más irresolubles inarmonías del universo.