Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Desde este aislamiento enfermizo, desde el desierto de estos años de ensayos, es muy largo todavía el camino que hay que recorrer hasta llegar a ésa inmensa seguridad y desbordante salud, que no puede prescindir de la enfermedad como medio y sistema de conocimiento a esa libertad madurada del espíritu, que es también dominio sobre sí mismo y disciplina del corazón, que permite el acceso de múltiples y opuestas maneras de pensar; a ese estado interior, extenuado por el exceso de riquezas, que excluye el peligro de que el espíritu se pierda dentro de sus propias vías, por decirlo así, y se quede en cualquier sitio y se apoltrone en cualquier rincón; a esa superabundancia de fuerzas plásticas, educadoras y reconstituyentes, que son precisamente la señal de la gran salud, superabundancia que da al espíritu libre el peligroso privilegio de vivir a título de experiencia y correr aventuras, el privilegio del espíritu libre. De entonces a hoy, de allá hasta aquí, puede haber largos años de convalecencia, años de matices múltiples, mezcla de dolor y de encanto, dominados y refrenados por la tenaz voluntad de obtener la salud, que se atreve ya a vestirse y disfrazarse como si estuviera del todo sana. Existe un estado intermedio que el hombre que tenga este sino no podrá recordar sin emoción: halla en él algo como una luz, como el goce de un sol pálido y delicado, como el sentimiento de la libertad, del golpe de vista, de la petulancia del pajarillo, algo como una combinación en que la codicia y el compasivo menosprecio están amalgamados. «Espíritu libre», estas frías palabras son beneficiosas en este estado, reconfortadoras. Se vive sin estar ya entre los lazos del amor ni del odio, sin sí y sin no, cerca o lejos, voluntariamente, gozándose sobre todo en escaparse, en evadirse, en tender el vuelo, tan pronto huyendo como remontándose por el aire; se encuentra uno en ese estado, como el hombre que ha visto debajo de él multiplicidad de objetos, y viene a ser lo contrario de aquéllos que se preocupan enteramente de las cosas que ni les atañen siquiera. Efectivamente, lo que el espíritu libre contempla en lo sucesivo son solamente cosas —¡y cuántas cosas!— que no le preocupan ya.