La gaya ciencia
La gaya ciencia Mire a los hombres con buenos o con malos ojos, siempre los encuentro entregados a una misma tarea, todos en general y cada uno en particular: hacer lo que conviene a la conservación de la especie humana. Y, en verdad, no por un sentimiento de amor a esa especie, sino sencillamente porque en ellos nada es más viejo, más fuerte, más inexorable, más insuperable que ese instinto: porque ese instinto es precisamente la esencia de nuestra especie y de nuestro rebaño. Se acostumbra —con no poca rapidez y con la usual miopÃa que no ve a dos pasos— a distinguir limpiamente al prójimo en personas útiles y nocivas, en buenas y malas personas; sin embargo, cuando se hace un cómputo general, cuando se reflexiona durante un cierto tiempo sobre el conjunto, uno se vuelve desconfiado hacia esa depuración y separación y al cabo deja de practicarla. El hombre más nocivo puede que sea el más útil de todos de cara a la conservación de la especie, pues alimenta en sà mismo, o, por influjo de él, en otros, pulsiones sin las cuales el género humano habrÃa perdido todo vigor o se habrÃa podrido hace ya largo tiempo. El odio, la alegrÃa por el mal ajeno, la sed de botÃn y de dominio, y en general cuanto se denomina malo: todo ello forma parte de la asombrosa economÃa de la conservación de la especie, la cual, si bien es cierto que se trata de una economÃa dispendiosa, dilapidadora y en conjunto sumamente insensata, está demostrado que ha conservado a nuestro linaje hasta la fecha. Ya no sé si tú, mi querido congénere y prójimo, puedes siquiera vivir en perjuicio de la especie, esto es, «irracionalmente» y «mal»; lo que hubiese podido dañar a la especie quizá lleve ya muchos milenios extinguido y se cuente ahora entre las cosas que ya no son posibles ni siquiera en Dios. AbÃsmate en tus mejores o en tus peores apetitos, y sobre todo: ¡vete al fondo!; en unos y en otros sigues siendo probablemente, de algún modo, el favorecedor y benefactor del género humano, y por consiguiente puedes permitirte tus panegiristas, ¡e igualmente quienes se burlen de ti! ¡Pero nunca encontrarás al que sepa burlarse por entero de ti, del individuo, también en tus mejores cualidades, al que pueda ponerte delante, en toda la medida compatible con la verdad, tu ilimitada miseria de mosca y de sapo! ReÃrse de sà mismo como habrÃa que reÃrse a fin de reÃrse con toda verdad: ¡los mejores no han tenido hasta ahora el suficiente sentido de la verdad para eso, y los más dotados han tenido bien poco genio! ¡Quizá siga habiendo un futuro también para la risa! Lo habrá cuando el género humano haya asimilado el principio «la especie lo es todo, uno no es nunca nadie» y a cada uno le esté abierto en todo momento el acceso a esta última liberación e irresponsabilidad. Quizá para entonces la risa se haya aliado con la sabidurÃa, quizá para entonces no exista otra ciencia que la «gaya ciencia». Por el momento las cosas siguen siendo totalmente distintas, por el momento la comedia de la existencia todavÃa no «se ha hecho consciente» de sà misma, por el momento seguimos estando en la época de la tragedia, en la época de las morales y religiones. ¿Qué significa la repetida aparición de esos fundadores de morales y religiones, de esos instigadores de la lucha por estimaciones éticas, de esos maestros de los remordimientos de conciencia y de las guerras de religión? ¿Qué significan estos héroes en este escenario? Pues han sido hasta ahora los héroes del mismo, y todo lo demás, durante un tiempo lo único visible y demasiado cercano, no ha servido nunca de otra cosa que de preparación para esos héroes, ya sea como tramoya y decorado, ya sea en el papel de personas de confianza y ayudas de cámara. (Los poetas, por ejemplo, siempre han sido los ayudas de cámara de alguna moral). Se entiende de suyo que también esos actores trágicos trabajan en interés de la especie, por más que crean trabajar en interés de Dios y como enviados de Dios. También ellos fomentan la vida de la especie, por cuanto fomentan la fe en la vida. «¡Vale la pena vivir!», exclaman todos ellos, «¡esta vida no deja de ser interesante, por arriba y por abajo, andaos con cuidado!». Ese instinto que actúa por igual en las personas más elevadas y más vulgares, el instinto de conservación de la especie, irrumpe de cuando en cuando como razón y pasión del espÃritu; tiene entonces un brillante séquito de razones a su alrededor y quiere hacer olvidar con todas sus fuerzas que en el fondo es pulsión, instinto, insensatez, falta de fundamento. ¡Se debe amar la vida, puesto que…! ¡El hombre debe favorecerse a sà y favorecer a su prójimo, puesto que…! ¡Cualesquiera que sean, ahora y en el futuro, esos «debe» y esos «puesto que»! Para que lo que sucede necesariamente y siempre, de suyo y sin finalidad alguna, a partir de ahora parezca que se hace con una finalidad y le resulte evidente al hombre como razón y mandato último: para eso es para lo que comparece el maestro ético, como maestro de la finalidad de la existencia; para eso inventa una segunda y distinta existencia y mediante su nueva mecánica saca esta vieja y vulgar existencia de sus viejos y vulgares quicios. ¡SÃ!, no quiere en modo alguno que nos riamos de la existencia, ni tampoco de nosotros mismos, ni de él; para él, uno es siempre uno, algo serio y último y enorme, para él no hay especie, sumas, ceros. Por insensatas y delirantes que sean sus invenciones y estimaciones, por mucho que malentienda la marcha de la naturaleza y niegue sus condiciones —y todas las éticas han sido hasta ahora insensatas y contranaturales, a tal punto que cualquiera de ellas habrÃa hecho perecer al género humano si se hubiese apoderado de él—, cada vez que «el héroe» subÃa al escenario se alcanzaba algo nuevo, la horrible pareja de la risa, aquel profundo estremecimiento de muchos individuos ante la idea: «¡sÃ, vivir vale la pena!, ¡sÃ, vale la pena que yo viva!»: la vida y yo y tú y todos nosotros volvimos a ser interesantes unos para otros durante algún tiempo. No se puede negar que hasta ahora, a la larga, la risa y la razón y la naturaleza se han enseñoreado de cada uno de esos grandes maestros de la finalidad: la breve tragedia acababa convirtiéndose siempre, a la postre, en la eterna comedia de la existencia y volviendo a ser una comedia, y las «olas de incontables carcajadas» —para decirlo con Esquilo— tienen que batir en último término por encima de hasta los más grandes de esos actores trágicos. Sin embargo, a pesar de toda esa risa correctora, esta constante reaparición de aquellos maestros de la finalidad de la existencia ha modificado la naturaleza humana en su conjunto: tiene ahora una necesidad más, precisamente la necesidad de la constante reaparición de esos maestros y de esas doctrinas de la «finalidad». El hombre se ha ido convirtiendo paulatinamente en un animal fantástico cuya existencia ha de cumplir una condición más que la de cualquier otro animal: de cuando en cuando, el hombre tiene que creer saber por qué existe, ¡su especie no puede desarrollarse bien sin una periódica confianza en la vida! ¡Sin fe en la razón contenida en la vida! Y una y otra vez el género humano decretará de cuando en cuando: «¡hay algo de lo que ya es absolutamente ilÃcito reÃrse!». Y el filántropo más cuidadoso añadirá: «¡no solo la risa y la gaya ciencia, sino también lo trágico, con toda su sublime sinrazón, se cuenta entre los medios y necesidades de la conservación de la especie!». ¡Y por consiguiente! ¡Por consiguiente! ¡Por consiguiente! Oh, ¿me comprendéis, hermanos mÃos? ¿Comprendéis esta nueva ley de la bajamar y la pleamar? ¡También nosotros tenemos nuestra época!