La genealogia de la moral
La genealogia de la moral ¡No! No se me venga con la ciencia cuando yo busco el antagonista natural del ideal ascético, cuando pregunto: «¿dónde está la voluntad opuesta, en la que se exprese su ideal opuesto?» Ni de lejos se apoya en sà misma la ciencia lo suficiente como para poder ser esto, ella necesita primero, en todos los sentidos, un ideal del valor, un poder creador de valores, al servicio del cual le es lÃcito a ella creer en sà misma, — ella como tal no es nunca creadora de valores. Su relación con el ideal ascético no es ya en sÃ, de ningún modo, una relación antagonÃstica; incluso representa más bien, en lo principal, la fuerza propulsora en la configuración interna de aquél. Su contradicción y su lucha, examinadas de modo más sutil, no apuntan de ningún modo al ideal mismo, sino sólo a las avanzadas de éste, a su disfraz, a su juego de máscaras, a sus ocasionales endurecimiento, desecación, dogmatización —la ciencia devuelve la libertad a la vida que hay en el ideal ascético, negando lo exotérico en él. Ambos, ciencia e ideal ascético, se apoyan, en efecto, sobre el mismo terreno —ya di a entender esto—: a saber, sobre la misma fe en la inestimabilidad, incriticabilidad de la verdad, y por esto mismo son necesariamente aliados, — de modo que, en el supuesto de que se los combata, no se los puede combatir y poner en entredicho nunca más que de manera conjunta. Una apreciación del valor del ideal ascético trae consigo inevitablemente también una apreciación del valor de la ciencia: ¡ábranse los ojos y agúcense los oÃdos para percibir tal cosa en todos los tiempos! (El arte, dicho sea de manera anticipada, pues alguna vez volveré sobre el tema con más detenimiento, —el arte, en el cual precisamente la mentira se santifica, y la voluntad de engaño tiene a su favor la buena conciencia, se opone al ideal ascético mucho más radicalmente que la ciencia: asà lo advirtió el instinto de Platón, el más grande enemigo del arte[120] producido hasta ahora por Europa. Platón contra Homero: éste es el antagonismo total, genuino — de un lado el «allendista» con la mejor voluntad, el gran calumniador de la vida, de otro el involuntario divinizador de ésta, la áurea naturaleza. Una sujeción del artista al servicio del ideal ascético es por ello la más propia corrupción de aquel que pueda haber, y, por desgracia, una de las más frecuentes: pues nada es más corruptible que un artista.) También consideradas las cosas desde un punto de vista fisiológico descansa la ciencia sobre el mismo terreno que el ideal ascético: un cierto empobrecimiento de la vida constituye, tanto en un caso como en otro, su presupuesto, — los afectos enfriados, el tempo retardado, la dialéctica ocupando el lugar del instinto, la seriedad grabada en los rostros y los gestos (la seriedad, ese inequÃvoco indicio de un metabolismo más trabajoso, de una vida que lucha, que trabaja con más dificultad). Examinense las épocas de un pueblo en las que el hombre docto aparece en el primer plano: son épocas de cansancio, a menudo de crepúsculo, de decadencia, —la fuerza desbordante, la certeza vital, la certeza de futuro, han desaparecido. La preponderancia del mandarÃn no significa nunca algo bueno: como tampoco la aparición de la democracia, de los arbitrajes de paz en lugar de las guerras, de la igualdad de derechos de las mujeres, de la religión de la compasión y de todos los demás sÃntomas que hay de la vida declinante. (La ciencia concebida como problema; ¿qué significa ciencia? —véase sobre esto el prólogo a El nacimiento de la tragedia)[121]. — ¡No!, esta «ciencia moderna» —¡basta abrir los ojos!— es por el momento la mejor aliada del ideal ascético, ¡y lo es justo por ser la ciencia más inconsciente, más involuntaria, más secreta y más subterránea! Hasta ahora han jugado un mismo juego los «pobres de espÃritu» y los adversarios cientÃficos de aquel ideal (guardémonos de pensar, dicho sea de paso, que éstos sean la antÃtesis de aquéllos, algo asà como los ricos de espÃritu: —no lo son, yo los he denominado hécticos del espÃritu). Esas famosas victorias de los últimos: indudablemente son victorias, — ¿pero sobre qué? El ideal ascético no fue vencido de ningún modo en ellas, antes bien se volvió más fuerte, es decir, más inaprensible, más espiritual, más capcioso, por el hecho de que, una y otra vez, la ciencia eliminó, derribó sin compasión un muro, un bastión que se habÃa adosado a aquél y que habÃa vuelto más grosero su aspecto. ¿Se piensa en serio que, por ejemplo, la derrota de la astronomÃa teológica fue una derrota de tal ideal?… ¿Es que acaso el hombre se ha vuelto menos necesitado de una solución allendista de su enigma del existir, por el hecho de que, a partir de entonces, ese existir aparezca ahora más gratuito aún, más arrinconado, más superfluo en el orden visible de las cosas? ¿No se encuentra en un indetenible avance, a partir de Copérnico, precisamente el autoempequeñecimiento del hombre, su voluntad de autoempequeñecimiento? Ay, ha desaparecido la fe en la dignidad, singularidad, insustituibilidad humanas dentro de la escala jerárquica de los seres, — el hombre se ha convertido en un animal, animal sin metáforas, restricciones ni reservas, él, que en su fe anterior era casi Dios («hijo de Dios», «hombre Dios»)… A partir de Copérnico el hombre parece haber caÃdo en un plano inclinado, — rueda cada vez más rápido, alejándose del punto central — ¿hacia dónde?, ¿hacia la nada?, ¿hacia el «horadante sentimiento de su nada»?… ¡Bien!, éste precisamente serÃa el camino derecho —¿hacia el antiguo ideal?… Toda ciencia (y no sólo la astronomÃa, sobre cuyo humillante y degradador influjo hizo Kant una notable confesión, «ella aniquila mi importancia …»)[122], toda ciencia, tanto la natural como la innatural —asà llamo yo a la autocrÃtica del conocimiento— tiende hoy a disuadir al hombre del aprecio en que hasta ahora se tenÃa a sà mismo, como si tal aprecio no hubiera sido otra cosa que una extravagante presunción; incluso podrÃa decirse que la ciencia pone su propio orgullo, su propia áspera forma de ataraxia estoica en mantener en pie en sà misma ese difÃcilmente conseguido autodesprecio del hombre, como su última y más seria reivindicación de aprecio (con razón, de hecho: pues quien desprecia es siempre todavÃa alguien que «no ha olvidado el apreciar…»). ¿Se trabaja en verdad asà en contra del ideal ascético? ¿Acaso se piensa aún, con toda seriedad (como se imaginaron algún tiempo los teólogos), que, por ejemplo, la victoria de Kant sobre la dogmática de los conceptos teológicos («Dios», «alma», «libertad», «inmortalidad») ha demolido aquel ideal? —a este respecto nada debe importarnos por el momento si Kant mismo tuvo siquiera el propósito de hacer algo de ese tipo. Lo cierto es que, a partir de Kant, los trascendentalistas de toda especie han tenido de nuevo ganada la partida, —se han emancipado de los teólogos: ¡qué felicidad! —Kant les ha descubierto un camino secreto en el que ahora les es lÃcito entregarse, con sus propios medios y con el mejor decoro cientÃfico, a los «deseos de su corazón». Asimismo: ¿quién podrÃa tomar a mal ya a los agnósticos el que éstos, en cuanto veneradores de lo desconocido y misterioso en sÃ, adoren ahora como Dios el signo mismo de interrogación? (Xaver Doudan[123] habla en una ocasión de los ravages [estragos] producidos por 1’habitude d’admirer 1’inintelligible au lieu de rester tout simplement dans I’inconnu [el hábito de admirar lo ininteligible en lugar de quedarse simplemente en lo desconocido]; él piensa que los antiguos habrÃan prescindido de ello). Suponiendo que nada de lo que el hombre «conoce» satisfaga sus deseos, sino que más bien los contradiga y espante, ¡qué divina escapatoria el que sea lÃcito buscar la culpa de ello no en el «desear», sino en el «conocer»!… «No existe ningún conocer: en consecuencia — existe Dios»: ¡qué nueva elegantia syllogismi [elegancia del silogismo], ¡qué triunfo del ideal ascético! —