La genealogia de la moral
La genealogia de la moral De esta regla, es decir, de que el concepto de preeminencia polÃtica se diluye siempre en un concepto de preeminencia anÃmica, no constituye por el momento una excepción (aunque da motivo para ellas) el hecho de que la casta suprema sea a la vez la casta sacerdotal y, en consecuencia, prefiera para su designación de conjunto un predicado que recuerde su función sacerdotal. Aquà es donde, por ejemplo, se contraponen por vez primera «puro» e «impuro» como distintivos estamentales; y también aquà se desarrollan más tarde un «bueno» y un «malo» en un sentido ya no estamental. Por lo demás, advirtamos que estos conceptos «puro» e «impuro» no deben tomarse de antemano en un sentido demasiado riguroso, demasiado amplio y, mucho menos en un sentido simbólico: en una medida que nosotros apenas podemos imaginar, todos los conceptos de la humanidad primitiva fueron entendidos en su origen, antes bien, de un modo grosero, tosco, externo, estrecho, de un modo directa y especÃficamente no-simbólico. El «puro» es, desde el comienzo, meramente un hombre que se lava, que se prohÃbe ciertos alimentos causantes de enfermedades de la piel, que no se acuesta con las sucias mujeres del pueblo bajo, que siente asco de la sangre, — ¡nada más, no mucho más! Por otro lado, sin duda, la Ãndole entera de una aristocracia esencialmente sacerdotal aclara por qué muy pronto las antÃtesis valorativas pudieron interiorizarse y exacerbarse de modo peligroso precisamente aquÃ; y, de hecho, ellas acabaron por abrir entre hombre y hombre simas sobre las que ni siquiera un Aquiles del librepensamiento podrÃa saltar sin estremecerse. Desde el comienzo hay algo no sano en tales aristocracias sacerdotales y en los hábitos en ellas dominantes, hábitos apartados de la actividad, hábitos en parte dedicados a incubar ideas y en parte explosivos en sus sentimientos, y que tienen como secuela aquella debilidad y aquella neurastenia intestinales que atacan casi de modo inevitable a los sacerdotes de todas las épocas; pero el remedio que ellos mismos han inventado contra esta condición enfermiza suya —¿no tenemos que decir que ha acabado demostrando ser, en sus repercusiones, cien veces más peligroso que la enfermedad de la que debÃa librar? ¡La humanidad misma adolece todavÃa de las repercusiones de tales ingenuidades de la cura sacerdotal! Pensemos, por ejemplo, en ciertas formas de dieta (abstención de comer carne), en el ayuno, en la continencia sexual, en la huida «al desierto» (aislamiento a la manera de Weir Mitchell[23], aunque desde luego sin la posterior cura de engorde y sobrealimentación, en la cual reside el más eficaz antÃdoto contra toda histeria del ideal ascético): añádase a esto la entera metafÃsica de los sacerdotes, hostil a los sentidos, corruptora y refinadora, su auto—hipnotización a la manera del faquir y del brahmán —Brahma empleado como bola de vidrio y como idea fija y el general y muy comprensible hartazgo final de su cura radical, de la Nada (o Dios: la aspiración a una unio mystica [unión mÃstica] con Dios es la aspiración del budista a la Nada, al Nirvana —¡y nada más!). Entre los sacerdotes, cabalmente, se vuelve más peligroso todo, no sólo los medios de cura y las artes médicas, sino también la soberbia, la venganza, la sagacidad, el desenfreno, el amor, la ambición de dominio, la virtud, la enfermedad —de todos modos, también se podrÃa añadir, con cierta equidad, que en el terreno de esta forma esencialmente peligrosa de existencia humana, la forma sacerdotal de existencia, es donde el hombre en general se ha convertido en un animal interesante, que únicamente aquà es donde el alma humana ha alcanzado profundidad en un sentido superior y se ha vuelto malvada —¡y éstas son, en efecto, las dos formas básicas de la superioridad poseÃda hasta ahora por el hombre sobre los demás animales!…