La genealogia de la moral
La genealogia de la moral —«Mas ¡cómo sigue usted hablando todavÃa de ideales más nobles! Atengámonos a los hechos: el pueblo —o «los esclavos», o «la plebe», o «el rebaño», o como usted quiera llamarlo— ha vencido, y si esto ha ocurrido por medio de los judÃos, ¡bien!, entonces jamás pueblo alguno tuvo misión más grande en la historia universal. «Los señores» están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido. Se puede considerar esta victoria a la vez como un envenenamiento de la sangre (ella ha mezclado las razas entre sÃ) —no lo niego; pero, indudablemente, esa intoxicación ha logrado éxito. La «redención» del género humano (a saber, respecto de «los señores») se encuentra en óptima vÃa; todo se judaiza, o se cristianiza, o se aplebeya a ojos vistas (¡qué importan las palabras!). La marcha de ese envenenamiento a través del cuerpo entero de la humanidad parece incontenible, su tempo [ritmo] y su paso pueden ser incluso, a partir de ahora, cada vez más lentos, más delicados, más inaudibles, más cautos —en efecto, hay tiempo… ¿Le corresponde todavÃa hoy a la Iglesia, en este aspecto, una tarea necesaria, posee todavÃa en absoluto un derecho a existir? ¿O se podrÃa prescindir de ella? Quaeritur [se pregunta]. ¿Parece que la Iglesia refrena y modera aquella marcha, en lugar de acelerarla? Ahora bien, justamente eso podrÃa ser su utilidad… Es seguro que la Iglesia se ha convertido poco a poco en algo grosero y rústico, que repugna a una inteligencia delicada, a un gusto propiamente moderno. ¿No deberÃa, al menos, refinarse un poco?… Hoy, más que seducir, aleja. ¿Quién de nosotros serÃa librepensador si no existiera la Iglesia? La Iglesia es la que nos repugna, no su veneno… Prescindiendo de la Iglesia, también nosotros amamos el veneno…» —Tales el epÃlogo de un «librepensador» a mi discurso, de un animal respetable, como lo ha demostrado de sobra, y, además, de un demócrata; hasta aquà me habÃa escuchado, y no soportó el oÃrme callar. Pues en este punto yo tengo mucho que callar. —
