La genealogia de la moral
La genealogia de la moral En esta esfera, es decir, en el derecho de las obligaciones es donde tiene su hogar nativo el mundo de los conceptos morales «culpa» (Schuld), «conciencia», «deber», «santidad del deber», — su comienzo, al igual que el comienzo de todas las cosas grandes en la tierra, ha estado salpicado profunda y largamente con sangre. ¿Y no serÃa lÃcito añadir que, en el fondo, aquel mundo no ha vuelto a perder nunca del todo un cierto olor a sangre y a tortura? (ni siquiera en el viejo Kant: el imperativo categórico huele a crueldad…). Ha sido también aquà donde por vez primera se forjó aquel siniestro y, tal vez ya indisociable engranaje de las ideas «culpa y sufrimiento». Preguntemos una vez más: ¿en qué medida puede ser el sufrimiento una compensación de «deudas»? En la medida en que hacer—sufrir produce bienestar en sumo grado, en la medida en que el perjudicado cambiaba el daño, asà como el desplacer que éste le producÃa, por un extraordinario contra—goce: el hacer—sufrir, — una auténtica fiesta, algo que, como hemos dicho, era tanto más estimado cuanto más contradecÃa al rango y a la posición social del acreedor. Esto lo hemos dicho como una suposición: pues, prescindiendo de que resulta penoso, es difÃcil llegar a ver el fondo de tales cosas subterráneas; y quien aquà introduce toscamente el concepto de «venganza», más que facilitarse la visión, se la ha ocultado y oscurecido (— la venganza misma, en efecto, remite cabalmente al mismo problema: «¿cómo puede ser una satisfacción el hacer sufrir?»). Repugna, me parece, a la delicadeza y más aún a la tartuferÃa de los mansos animales domésticos (quiero decir, de los hombres modernos, quiero decir, de nosotros) el representarse con toda energÃa que la crueldad constituye en alto grado la gran alegrÃa festiva de la humanidad más antigua, e incluso se halla añadida como ingrediente a casi todas sus alegrÃas; el imaginarse que por otro lado su imperiosa necesidad de crueldad se presenta como algo muy ingenuo, muy inocente, y que aquella humanidad establece por principio que precisamente la «maldad desinteresada» (o, para decirlo con Spinoza, la sympathia malevolens [simpatÃa malévola]) es una propiedad normal del hombre—: ¡y, por tanto, algo a lo que la conciencia dice sà de todo corazón! Un ojo más penetrante podrÃa acaso percibir, aun ahora, bastantes cosas de esa antiquÃsima y hondÃsima alegrÃa festiva del hombre; en Más allá del bien y del ma1[46] (y ya antes en Aurora, págs. 17, 68, 102)[47] yo he apuntado, con dedo cauteloso, hacia la espiritualización y «divinización» siempre crecientes de la crueldad, que atraviesan la historia entera de la cultura superior (y tomadas en un importante sentido incluso la constituyen). En todo caso, no hace aún tanto tiempo que no se sabÃa imaginar bodas principescas ni fiestas populares de gran estilo en que no hubiese ejecuciones, suplicios, o, por ejemplo, un auto de fe, y tampoco una casa noble en que no hubiese seres sobre los que poder descargar sin escrúpulos la propia maldad y las chanzas crueles (— recuérdese, por ejemplo, a Don Quijote en la corte de la duquesa: hoy leemos el Don Quijote entero con un amargo sabor en la boca, casi con una tortura, pero a su autor y a los contemporáneos del mismo les parecerÃamos con ello muy extraños, muy oscuros, — con la mejor conciencia ellos lo leÃan como el más divertido de los libros y se reÃan con él casi hasta morir)[48]. Ver—sufrir produce bienestar; hacer—sufrir, más bienestar todavÃa —ésta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano— demasiado humano, que, por lo demás, acaso suscribirÃan ya los monos; pues se cuenta que, en la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran medida al hombre y, por asà decirlo, lo «preludian». Sin crueldad no hay fiesta: asà lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre — ¡y también en la pena hay muchos elementos festivos!—