La genealogia de la moral
La genealogia de la moral Esta lista no es desde luego completa; resulta claro que la pena está sobrecargada con utilidades de toda Ãndole. Tanto más lÃcito es restar de ella una presunta utilidad, considerada, de todos modos, por la conciencia popular como la más esencial, — la fe en la pena, hoy vacilante por múltiples razones, sigue encontrando todavÃa su apoyo más firme precisamente en tal utilidad. La pena, se dice, poseerÃa el valor de despertar en el culpable el sentimiento de la culpa, en la pena se busca el auténtico instrumentum de esa reacción anÃmica denominada «mala conciencia», «remordimiento de conciencia». Mas con ello se sigue atentando, todavÃa hoy, contra la realidad y contra la psicologÃa: ¡y mucho más aún contra la historia más larga del hombre, contra su prehistoria! El auténtico remordimiento de conciencia es algo muy raro cabalmente entre los delincuentes y malhechores; las prisiones, las penitenciarÃas no son las incubadoras en que florezca con preferencia esa especie de gusano roedor: — en esto coinciden todos los observadores concienzudos, los cuales, en muchos casos, expresan este juicio bastante a disgusto y en contra de sus deseos más propios. Vistas las cosas en conjunto, la pena endurece y vuelve frÃo, concentra, exacerba el sentimiento de extrañeza, robustece la fuerza de resistencia. Cuando a veces quebranta la energÃa y produce una miserable postración y autorrebajamiento, tal resultado es seguramente menos confortante aún que el efecto ordinario de la pena: el cual se caracteriza por una seca y sombrÃa seriedad. Pero si pensamos en los milenios anteriores a la historia del hombre, nos es lÃcito pronunciar, sin escrúpulo alguno, el juicio de que el desarrollo del sentimiento de culpa fue bloqueado de la manera más enérgica cabalmente por la pena, —al menos en lo que se refiere a las vÃctimas sobre las que se descargaba la potestad punitiva. No debemos infravalorar, en efecto, el hecho de que justo el espectáculo de los procedimientos judiciales y ejecutivos mismos impide al delincuente sentir su acción, su tipo de actuación, como reprobable en sÃ; pues él ve que ese mismo tipo de actuaciones se ejerce con buena conciencia; asà ocurre con el espionaje, el engaño, la corrupción, la trampa, con todo el capcioso y taimado arte de los policÃas y de los acusadores, y además con el robo, la violencia, el ultraje, la prisión, la tortura, el asesinato, ejecutados de manera sistemática y sin la disculpa siquiera de la pasión, tal como se manifiestan en las diversas especies de pena, — todas esas cosas son, por tanto, acciones que sus jueces en modo alguno reprueban y condenan en sÃ, sino sólo en cierto aspecto y en cierta aplicación práctica. La «mala conciencia», esta planta, la más siniestra e interesante de nuestra vegetación terrena, no ha crecido en este suelo, — de hecho durante larguÃsimo tiempo no apareció en la conciencia de los jueces, de los castigadores, nada referente a que aquà se tratase de un «culpable». Sino de un autor de daños, de un irresponsable fragmento de fatalidad. Y aquel mismo sobre el que caÃa luego la pena, como un fragmento también de fatalidad, no sentÃa en ello ninguna «aflicción interna» distinta de la que se siente cuando, de improviso, sobreviene algo no calculado, un espantoso acontecimiento natural, un bloque de piedra que cae y nos aplasta y contra el que no se puede luchar.
