La genealogia de la moral
La genealogia de la moral Es cierto que aquà no podemos eludir esta otra pregunta: ¿qué le importaba a él en realidad aquella varonil (ay, tan poco varonil) «candidez campesina», aquel pobre diablo, aquel agreste muchacho llamado Parsifal, al que acabó por hacer católico con medios tan pérfidos? —¿cómo?, ¿fue tomado en serio en absoluto el tal Parsifal? Se podrÃa, en efecto, estar tentado a suponer lo contrario, e incluso a desearlo, —que el Parsifal wagneriano estuviese tomado en broma, como epÃlogo y como drama satÃrico, por asà decirlo, con el cual el Wagner trágico habrÃa querido despedirse de nosotros, también de sà mismo, y ante todo de la tragedia, de una manera realmente conveniente y digna de él, a saber, con un exceso de suprema y traviesÃsima parodia de lo trágico, parodia de toda la espantosa seriedad y desolación terrenas de otro tiempo, parodia de la forma más grosera finalmente superada, que hay en la antinaturaleza del ideal ascético. Como he dicho, esto hubiera sido cabalmente digno de un gran trágico; el cual, como todo artista, alcanza la última cumbre de su grandeza tan sólo cuando sabe verse a sà mismo y a su arte por debajo de sÃ, cuando sabe reÃrse de sÃ. ¿Es el «Parsifal» de Wagner su secreto reÃrse, por superioridad, de sà mismo, el triunfo de su última, suprema, conquistada libertad de artista, de su más—allá del artista? Quisiéramos desearlo, como ya he dicho: pues ¿qué serÃa el Parsifal tomado en serio? ¿Es realmente necesario ver en él (como se ha dicho en contra mÃa) «el engendro de un enloquecido odio contra el conocimiento, el espÃritu y la sensualidad»? ¿Una maldición lanzada contra los sentidos y contra el espÃritu en un único odio y un único aliento? ¿Una apostasÃa y una conversión a los ideales cristianamente morbosos y oscurantistas? ¿Y, en fin, incluso un negarse—a—s×mismo, un borrarse—a—s×mismo por parte de un artista que hasta ese instante habÃa pretendido, con todo el poder de su voluntad, lo contrario, es decir, la suprema espiritualización y sensualización de su arte? Y no sólo de su arte: también de su vida. Recuérdese el entusiasmo con que, en su tiempo, siguió Wagner las huellas del filósofo Feuerbach[70]: en los años treinta y cuarenta la frase de Feuerbach acerca de la «sana sensualidad» resonó para Wagner, igual que para muchos alemanes (se llamaban a sà mismos los «jóvenes alemanes»), como una palabra de redención. ¿Acabó Wagner por cambiar de doctrina sobre esto? Pues al menos parece que acabó por querer enseñar lo opuesto…[71] Y no sólo con las trompetas de Parsifal, desde lo alto del escenario: —en la turbia actividad literaria de sus últimos años, tan poco libre como desconcertada, hay cien pasajes en los que se delatan un secreto deseo y una secreta voluntad, una acobardada, insegura, inconfesada voluntad de predicar propiamente la vuelta atrás, la conversión, la negación, el cristianismo, la Edad Media, y de decir a sus discÃpulos: «¡Todo esto no es nada! ¡Buscad la salvación en otra parte!» Incluso en una ocasión es invocada la «sangre del Redentor…»[72].
