La genealogia de la moral
La genealogia de la moral Guardémonos de poner en seguida rostros lúgubres al oÃr la palabra «tortura»: precisamente en este caso es bastante lo que hay que descontar, lo que hay que restar, — queda incluso algo de qué reÃr. Ante todo no infravaloremos la circunstancia de que Schopenhauer, que de hecho trata como a un enemigo personal a la sexualidad (incluido su instrumento, la mujer, ese instrumentum diaboli [instrumento del diablo]), necesitaba enemigos para conservar su buen humor; de que le gustaban las palabras furibundas, biliosas, verdinegras; de que se encolerizaba por el gusto de encolerizarse, por pasión; de que habrÃa enfermado, se habrÃa vuelto pesimista (— pues no lo era, aunque lo deseaba mucho), sin sus enemigos, sin Hegel, la mujer, la sensualidad, y toda la voluntad de existir, de quedarse. De lo contrario, Schopenhauer no se hubiera quedado, sobre esto se puede apostar, habrÃa escapado: pero sus enemigos le tenÃan sujeto, sus enemigos le seducÃan una y otra vez a existir, su cólera era para él, al igual que para los cÃnicos de la Antigüedad, su bálsamo, su alivio, su recompensa, su remedium contra la náusea, su felicidad. Esto en lo que respecta a lo más personal del caso de Schopenhauer; por otro lado, hay en él todavÃa algo tÃpico, — y aquà es donde volvemos de nuevo a nuestro problema. Es indiscutible que, desde que hay filósofos en la tierra, y en todos los lugares en que los ha habido (desde la India hasta Inglaterra, para tomar los dos polos opuestos de la capacidad para la filosofÃa), existen una auténtica irritación y un auténtico rencor de aquéllos contra la sensualidad —Schopenhauer es tan sólo el más elocuente y, si se tiene oÃdos para escuchar, también el más arrebatador y fascinante de esos desahogos—; igualmente existen una auténtica parcialidad y una auténtica predilección de los filósofos por el ideal ascético en su totalidad, esto es cosa sobre la cual y frente a la cual no debemos hacernos ilusiones. Ambas cosas forman parte del tipo, como hemos dicho; y si ambas faltan en un filósofo, entonces éste no pasa de ser —estése seguro de ello— un filósofo «por asà decirlo». ¿Qué significa esto? Pues hay que empezar por interpretar tal hecho: en sà está ahà tontamente por toda la eternidad, como toda «cosa en sû. Todo animal, y por tanto también la bête philosophe [el animal filósofo], tiende instintivamente a conseguir un optimum de las condiciones más favorables en que poder desahogar del todo su fuerza, y alcanza su maximum en el sentimiento de poder; todo animal, de manera asimismo instintiva, y con una finura de olfato que «está por encima de toda razón», siente horror frente a toda especie de perturbaciones y de impedimentos que se le interpongan o puedan interponérsele en este camino hacia el optimum (— de lo que hablo no es de su camino hacia la «felicidad», sino de su camino hacia el poder, hacia la acción, hacia el más poderoso hacer, y, de hecho, en la mayorÃa de los casos, su camino hacia la infelicidad). Y asà el filósofo siente horror del matrimonio y de todo aquello que pudiera persuadirle a contraerlo, — el matrimonio como obstáculo y fatalidad en su camino hacia el optimum. ¿Qué gran filósofo ha estado casado hasta ahora? Heráclito, Platón, Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant, Schopenhauer — no lo estuvieron; más aún, ni siquiera podemos imaginarlos casados. Un filósofo casado es un personaje de comedia, ésta es mi tesis: y por lo que se refiere a aquella excepción, Sócrates, parece que el malicioso Sócrates se casó ironice [por ironÃa], justamente para demostrar está tesis. Todo filósofo dirÃa lo mismo que dijo Buda en una ocasión, cuando le anunciaron el nacimiento de un hijo[83]. «Me ha nacido Ráhula, una cadena ha sido forjada para mû (Ráhula significa aquà «un pequeño demonio»); a todo «espÃritu libre» tendrÃa que llegarle una hora de reflexión, suponiendo que haya tenido antes una hora vacÃa de pensamientos, como le llegó en otro tiempo al mismo Buda —«estrecha y oprimida, pensaba para sÃ, es la vida en la casa, un lugar de impureza; la libertad está en abandonar la casa»: «tan pronto como pensó esto abandonó la casa». En el ideal ascético están insinuados tantos puentes hacia la independencia, que un filósofo no puede dejar de sentir júbilo y aplaudir en su interior al escuchar la historia de todos aquellos hombres decididos que un dÃa dijeron no a toda sujeción y se marcharon a un desierto cualquiera: aun dando por supuesto que no fueran más que asnos fuertes y todo lo contrario de un espÃritu fuerte. ¿Qué significa, pues, el ideal ascético en un filósofo? Mi respuesta —hace tiempo que se la habrá adivinado— es: al contemplarlo el filósofo sonrÃe a un optimum de condiciones de la más alta y osada espiritualidad, — con ello no niega «la existencia», antes bien, en ello afirma su existencia y sólo su existencia, y esto acaso hasta el punto de no andarle lejos este deseo criminal: pereat mundus, fiat philosophia fiat philosophus, fiam!. [perezca el mundo, hágase la filosofÃa, hágase el filósofo, hágame yo.]
