La genealogia de la moral
La genealogia de la moral Y ahora, tras haber avistado al sacerdote ascético vayamos en serio al cuerpo de nuestro problema: ¿que significa el ideal ascético?, —sólo ahora se ponen «serias» las cosas: en adelante tendremos frente a nosotros al auténtico representante de la seriedad en cuanto tal. «¿Qué significa toda seriedad?» —esta pregunta, más radical aún, se asoma quizá ya aquà a nuestros labios: una pregunta para fisiólogos, como es obvio, mas por el momento vamos a dejarla de lado. El sacerdote ascético tiene en aquel ideal no sólo su fe, sino también su voluntad, su poder, su interés. Su derecho a existir depende en todo de aquel ideal: ¿cómo extrañarnos de tropezar aquà con un adversario terrible, suponiendo que nosotros seamos los adversarios de aquel ideal? ¿Un adversario terrible, que lucha por su existencia contra los negadores de tal ideal?… Por otro lado, de antemano resulta improbable que una actitud tan interesada con respecto a nuestro problema vaya a ser especialmente provechosa para éste: es difÃcil que el sacerdote ascético sea, él mismo, el defensor más afortunado de su ideal, por la misma razón por la que una mujer suele fracasar cuando pretende defender a «la mujer en sû, — y mucho menos podrá ser el censor y el juez más objetivo de la controversia aquà suscitada. AsÃ, pues, más bien seremos nosotros los que tendremos que ayudarle a él —esto está ya claro ahora— a defenderse bien contra nosotros, en lugar de temer ser refutados demasiado bien por él… El pensamiento en torno al que aquà se batalla es la valoración de nuestra vida por parte de los sacerdotes ascéticos: esta vida (junto con todo lo que a ella pertenece, «naturaleza», «mundo», la esfera entera del devenir y de la caducidad) es puesta por ellos en relación con una existencia completamente distinta, de la cual es antitética y excluyente, a menos que se vuelva en contra de sà misma, que se niegue a sà misma: en este caso, el caso de una vida ascética, la vida es considerada como un puente hacia aquella otra existencia. El asceta trata la vida como un camino errado, que se acaba por tener que desandar hasta el punto en que comienza; o como un error, al que se le refuta —se le debe refutar— mediante la acción: pues ese error exige que se le siga, e impone, donde puede, su valoración de la existencia. ¿Qué significa esto? Tal espantosa manera de valorar no está inscrita en la historia del hombre como un caso de excepción y una rareza: es uno de los hechos más extendidos y más duraderos que existen. LeÃda desde una lejana constelación, tal vez la escritura mayúscula de nuestra existencia terrena inducirÃa a concluir que la tierra es el astro auténticamente ascético, un rincón lleno de criaturas descontentas, presuntuosas y repugnantes, totalmente incapaces de liberarse de un profundo hastÃo de sà mismas, de la tierra, de toda vida, y que se causan todo el daño que pueden, por el placer de causar daño: — probablemente su único placer. Consideremos la manera tan regular, tan universal, con que en casi todas las épocas hace su aparición el sacerdote ascético; no pertenece a ninguna raza determinada; florece en todas partes; brota de todos los estamentos. No es que acaso haya cultivado y propagado por herencia su manera de valorar: ocurre lo contrario, —un instinto profundo le veta, antes bien, hablando en general, el propagarse por generación. Tiene que ser una necesidad de primer rango la que una y otra vez hace crecer y prosperar esta especie hostil a la vida, — tiene que ser, sin duda, un interés de la vida misma el que tal tipo de autocontradicción no se extinga. Pues una vida ascética es una autocontradicción: en ella domina un resentimiento sin igual, el resentimiento de un insaciado instinto y voluntad de poder que quisiera enseñorearse, no de algo existente en la vida, sino de la vida misma, de sus más hondas, fuertes, radicales condiciones; en ella se hace un intento de emplear la fuerza para cegar las fuentes de la fuerza; en ella la mirada se vuelve, rencorosa y pérfida, contra el mismo florecimiento fisiológico, y en especial contra la expresión de éste, contra la belleza, la alegrÃa; en cambio, se experimenta y se busca un bienestar en el fracaso, la atrofia, el dolor, la desventura, lo feo, en la mengua arbitraria, en la negación de sÃ, en la autoflagelación, en el autosacrificio. Todo esto es paradójico en grado sumo: aquà nos encontramos ante una escisión que se quiere escindida, que se goza a sà misma en ese sufrimiento y que se vuelve incluso siempre más segura de sà y más triunfante a medida que disminuye su propio presupuesto, la vitalidad fisiológica. «El triunfo cabalmente en la última agonÃa»: bajo este signo superlativo ha luchado desde siempre el ideal ascético; en este enigma de seducción, en esta imagen de éxtasis y de tormento ha reconocido su luz más clara, su salvación, su victoria definitiva. Crux, nux, lux [cruz, nuez, luz] — en él son una sola cosa. —
