La genealogia de la moral
La genealogia de la moral Los medios del sacerdote ascético que hemos conocido hasta el momento —la sofocación global del sentimiento de vida, la actividad maquinal, la pequeña alegrÃa, sobre todo la del «amor al prójimo», la organización gregaria, el despertamiento del sentimiento de poder de la comunidad, a consecuencia del cual el hastÃo del individuo con respeto a sà queda acallado por el placer que experimenta en el florecimiento de la comunidad —estos medios son, medidos con el metro moderno, sus medios no—culpables en la lucha contra el desplacer: volvámonos ahora hacia los medios más interesantes, los «culpables». En todos ellos se trata de una sola cosa: de algún desenfreno de los sentimientos, — utilizado, como eficacÃsimo medio de amortiguación, contra la sorda, paralizante, prolongada condición dolorosa; por lo cual la inventiva sacerdotal en el estudio a fondo de esta única cuestión ha sido realmente inagotable: «¿con qué medios se alcanza un desenfreno de los sentimientos?»… Suena esto duro: es claro que sonarÃa más agradable y llegarÃa tal vez mejor a los oÃdos si yo dijese, por ejemplo, «el sacerdote ascético se ha aprovechado siempre del entusiasmo existente en todos los afectos fuertes». Mas ¿para qué seguir acariciando los reblandecidos oÃdos de nuestros modernos afeminados. ¿Para qué ceder, ni siquiera un paso, por nuestra parte, a su tartuferÃa de las palabras? Para nosotros los psicólogos habrÃa ya en ello una tartuferÃa de la acción; prescindiendo de que nos causarÃa náusea. Un psicólogo, en efecto, tiene hoy su buen gusto (— otros preferirán decir: su honestidad), si en alguna parte, en el hecho de oponerse al vocabulario vergonzosamente moralizado de que está viscosamente impregnado todo enjuiciamiento moderno del hombre y de las cosas. Pues no nos engañemos sobre esto: lo que constituye el distintivo más propio de las almas modernas, de los libros modernos, no es la mentira, sino su inveterada inocencia dentro de su mendacidad moralista. Tener que descubrir de nuevo esa «inocencia» en todas partes — esto es lo que constituye quizá la parte más repugnante de nuestro trabajo, de todo el trabajo, no poco problemático en sÃ, a que hoy tiene que someterse un psicólogo; es una parte de nuestro gran peligro, — es un camino que tal vez nos lleve derechamente a la gran náusea… Yo no abrigo ninguna duda acerca de cuál es la única cosa para la que servirÃan, para la que podrÃan servir los libros modernos (suponiendo que duren, lo cual, desde luego, no es de temer, y suponiendo asimismo que haya alguna vez una posteridad dotada de un gusto más severo, más duro, más sano), — la única cosa para la que le servirÃa, para la que podrÃa servirle a esa posteridad todo lo moderno: para hacer de vomitivos, — y ello en virtud de su edulcoramiento y de su falsedad morales, de su intimÃsimo feminismo, al que le gusta calificarse de «idealismo» y que se cree, en todo caso, idealismo. Nuestros doctos de hoy, nuestros «buenos», no mienten —esto es verdad; ¡pero ello no les honra! La auténtica mentira, la mentira genuina, resuelta, «honesta» (sobre cuyo valor puede oÃrse a Platón)[103], serÃa para ellos algo demasiado riguroso, demasiado fuerte; exigirÃa algo que no es lÃcito exigirles a ellos, a saber, que abriesen los ojos contra sà mismos, que supiesen distinguir entre «verdadero» y «falso» en ellos mismos. Lo único que a ellos les va bien es la mentira deshonesta: todo el que hoy se siente a sà mismo «hombre bueno» es totalmente incapaz de enfrentarse a algo a no ser con deshonesta mendacidad, con abismal mendacidad, pero con inocente, candorosa, cándida, virtuosa mendacidad. Esos «hombres buenos», — todos ellos están ahora moralizados de los pies a la cabeza, y, en lo que respecta a la honestidad, han quedado malogrados y estropeados para toda la eternidad: ¡quién de ellos soportarÃa aún una verdad «sobre el hombre!…» O, para concretar más la pregunta: ¿quién de ellos soportarÃa una biografÃa verdadera?… Unos cuantos indicios: Lord Byron ha dejado escritas algunas cosas personalÃsimas sobre sÃ. Pero Thomas Moore era «demasiado bueno» para ellas: echó al fuego los papeles de su amigo[104]. Lo mismo parece que ha hecho el doctor Gwinner, ejecutor testamentario de Schopenhauer: pues también Schopenhauer habÃa dejado escritas algunas cosas sobre sà y tal vez también contra sà («είςÎαυτόν»)[105]. El infatigable americano Thayer, el biógrafo de Beethoven, se detuvo de pronto en su trabajo: llegado a cierto punto de esa vida honorable e ingenua, ya no la soportó más…[106]. Moraleja: ¿qué hombre inteligente escribirÃa hoy todavÃa una palabra honesta sobre sÃ? —tendrÃa que pertenecer a la orden de la Santa Temeridad. Se nos promete una autobiografÃa de Richard Wagner: ¿quién duda de que será una autobiografÃa prudente?….[107] Recordemos aun el cómico espanto que el sacerdote católico Janssen suscitó en Alemania con su imagen, tan increÃblemente cuadriculada e inofensiva, del movimiento de la Reforma protestante alemana[108]; ¿qué no ocurrirÃa si alguien nos narrase alguna vez ese movimiento de otra manera, si alguna vez un verdadero psicólogo nos narrase al verdadero Lutero, no ya con la simplicidad moralista de un clérigo de aldea, no ya con la dulzona y considerada verecundia de los historiadores protestantes, sino, por ejemplo, con una impavidez a la manera de un Taine, partiendo de una fortaleza del alma y no de una sabia indulgencia para con la fortaleza?… (Los alemanes, dicho sea de paso, han producido últimamente bastante bien el tipo clásico de esta última, — pueden atribuÃrselo ya, reivindicarlo para bien: lo han producido en su Leopold Ranke[109], ese nato y clásico advocatus [abogado] de toda causa fortior [causa más fuerte], el más inteligente de todos los inteligentes «hombres objetivos».)
