Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal El hombre perteneciente a una época de disolución, la cual mezcla unas razas con otras, el hombre que, por ser tal, lleva en su cuerpo la herencia de una ascendencia multiforme, es decir, instintos y criterios de valor antitéticos y, a menudo, ni siquiera sólo antitéticos, que se combaten recÃprocamente y raras veces se dan descanso, —tal hombre de las culturas tardÃas y de las luces refractadas será de ordinario un hombre bastante débil: su aspiración más radical consiste en que la guerra que él es finalice alguna vez; la felicidad se le presenta ante todo, de acuerdo con una medicina y una mentalidad tranquilizantes (por ejemplo, epicúreas o cristianas), como la felicidad del reposo, de la tranquilidad, de la saciedad, de la unidad final, como «sába—do de los sábados», para decirlo con el santo retórico AgustÃn, que era, él mismo, uno de esos hombres. —Si, en cambio, la antÃtesis y la guerra actúan en una naturaleza de ese género como un atractivo y un esti—mulante más de la vida, —y si, por otro lado, una auténtica maestrÃa y sutileza en el guerrear consigo mismo, es decir, en el dominarse a sà mismo, en el engañarse a sà mismo, se añaden, por herencia y por crianza, a sus instintos poderosos e inconciliables: entonces surgen aquellos seres mágicamente inaprehensibles e inimaginables, aquellos hombres enigmáticos predestinados a vencer y a seducir, cuya expresión más bella son AlcibÃades y César (— a quienes me gustarÃa añadir aquel que fue, para mi gusto, el primer europeo, Federico II Hohenstaufen), y, entre artistas, tal vez Leonardo da Vinci. Ellos aparecen cabalmente en las mismas épocas en que ocupa el primer plano aquel tipo más débil, con su deseo de reposo: ambos tipos se hallan relacionados entre sà y surgen de causas idénticas.