Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal Por grande que sea el agradecimiento con que acojamos el espÃritu objetivo —¡y quién no habrÃa estado ya alguna vez mortalmente harto de todo lo subjetivo y de su maldita ipsissimosidad! —, al final tenemos que aprender a tener cautela también con nuestro agradecimiento y poner freno a la exageración con que la renuncia del espÃritu a sà mismo y su despersonalización vienen siendo ensalzadas últimamente cual si fueran, por asà decirlo, una meta en sÃ, una redención y transfiguración: cosa que suele ocurrir sobre todo en el interior de la escuela de los pesimistas, escuela que, por su parte, tiene también buenas razones para otorgar los máximos honores al «conocer desinteresado». El hombre objetivo, que ya no lanza maldiciones e injurias como el pesimista, el docto ideal, en el cual consigue el instinto cientÃfico florecer y prosperar tras miles de fracasos completos y de fracasos a medias, es con toda seguridad uno de los instrumentos más preciosos que existen: pero debe ser manejado por alguien más poderoso. Él es tan sólo un instrumento, digamos: un espejo, — no una «finalidad por sà misma». El hombre objetivo es de hecho un espejo: habituado a someterse a todo lo que quiere ser conocido, sin ningún otro placer que el que le proporciona el conocer, el «reflejar», —ese hombre aguarda hasta que algo llega, y entonces se extiende con delicadeza para que sobre su superficie y piel no se pierdan tampoco las huellas ligeras y el fugaz deslizarse de seres fantasma—les. El resto de «persona» que todavÃa le queda parécele algo casual, algo con frecuencia arbitrario y, con más frecuencia todavÃa, perturbador: hasta tal punto se ha convertido a sà mismo en lugar de paso y en reflejo de figuras y acontecimientos ajenos. Le cuesta reflexionar sobre «sà mismo» y no raras veces yerra al hacerlo; fácilmente se confunde a sà mismo con otros, se equivoca en lo referente a sus propias necesidades, y esto es lo único en que se muestra burdo y negligente. Tal vez lo atormenten la salud, o la mezquindad y el aire enrarecido de mujeres y amigos, o la falta de compañeros y compañÃa, incluso se fuerza a sà mismo a reflexionar sobre su tormento: ¡en vano! Ya su pensamiento divaga lejos, yendo hacia el caso másgeneral, y mañana sabe tan poco como sabÃa ayer de qué modo se le ha de ayudar. Ha perdido la seriedad para consigo mismo, también el tiempo: es jovial, y no por falta de penas, sino por falta de dedos y de manos para tocar sus penas. La condescendencia habitual con toda cosa y acontecimieno, la alegre e imparcial hospitalidad con que acoge todo lo que choca con él, su especie de inconsiderada benevolencia, de peligrosa despreocupación por el sà y el no: ¡ay, se dan bastantes casos en que tiene que expiar esas virtudes suyas! — y en cuanto ser humano conviértese con demasiada facilidad en el caput mortuum [residuo inútil] de esas virtudes. Si se quiere de él amor y odio, quiero decir amor y odio tal como los entienden Dios, la mujer y el animal —: él hará lo que pueda, y dará lo que pueda. Pero no debemos extrañarnos de que no sea mucho, —de que justo en esto se muestre inauténtico, frágil, equÃvoco y podrido. Su amor es querido, su odio es artificial y más bien un tour de force [exhibición], una pequeña vanidad y exageración. En efecto, él es auténtico nada más que en la medida en que le es lÃcito ser objetivo: únicamente en su jovial totalismo continúa siendo «naturaleza» y «natural». Su alma reflectante y que eternamente está alisándose no sabe ya afirmar, no sabe ya negar; no da órdenes; tampoco destruye. Je ne méprise presque rien [yo no desprecio casi nada] — dice con Leibniz: ¡no se pase por alto ni se infravalore el presque [casi]! Tampoco es un hombre modelo; no va delante de nadie, ni detrás de nadie; se sitúa en general demasiado lejos como para tener motivo de tomar partido entre el bien y el mal. Al confundirlo durante tanto tiempo con el filósofo, con el cesáreo disciplinador y violentador de la cultura: se le han otorgado honores demasiado elevados y se ha dejado de ver lo más esencial que hay en él, —él es un instrumento, un ejemplar de esclavo, aunque también, ciertamente, la especie más sublime de esclavo, pero, en sà mismo, nada, —presque rien! [¡casi nada! ]. El hombre objetivo es un instrumento, un instrumento de medida y una obra maestra de espejo, precioso, fácil de romper y de empañar, al que se debe tratar con cuidado y honrar; pero no es una meta, un resultado y elevación, un hombre complementario en el cual se justifique la restante existencia, no es una conclusión —y menos todavÃa es un comienzo, una procreación y causa primera, no es algo rudo, poderoso, plantado en sà mismo, que quiere ser señor: antes bien, es sólo un delicado, hinchado, fino, móvil recipiente formal, que tiene que aguardar a un contenido y a una sustancia cualesquiera para «configurarse» a sà mismo de acuerdo con ellos, —de ordinario es un hombre sin contenido ni sustancia, un hombre «sin sà mismo». En consecuencia, tampoco es una cosa para mujeres, in parenthesi [dicho sea entre paréntesis]. —