Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal 221
Ocurre, decÃa un pedante y doctrinario moralista, que yo honro y trato con distinción a un hombre desinteresado: pero no porque él sea desinteresado, sino porque me parece que tiene derecho a ser, a costa suya, útil a otro hombre. Bien, la cuestión está siempre en saber quién es aquél y quién es éste. En un hombre destinado y hecho para mandar, por ejemplo, el negarse a sà mismo y el posponerse modestamente no serÃa una virtud, sino la disipación de una virtud: asà me parece a mÃ. Toda moral no egoÃsta que se considere a sà misma incondicional y que se dirija a todo el mundo no peca solamente contra el gusto: es una incitación a cometer pecados de omisión, es una seducción más, bajo máscara de filantropÃa —y cabalmente una seducción y un daño de los hombres superiores, más raros, más privilegiados. A las morales hay que forzarlas a que se inclinen sobre todo ante la jerarquÃa, hay que meterles en la conciencia su presunción, —hasta que todas acaben viendo con claridad que es inmoral decir: «Lo que es justo para uno es justo para otro». —Asà dice mi pedante y bonhomme [buen hombre] moralista: ¿merecerÃa sin duda que nos riésemos de él cuando asà predicaba moralidad a las morales? Mas si queremos tener de nuestro lado a los que rÃen no debemos tener demasiada razón; una pizca de falta de razón forma parte incluso del buen gusto.