Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal Hay un instinto para percibir el rango que es ya, más que cualquier otra cosa, indicio de un rango elevado; hay un placer enlas nuances [matices] del respeto que permite adivinar una procedencia y unos hábitos aristocráticos. La sutileza, bondad y altura de un alma son puestas peligrosamente a prueba cuando a su lado pasa algo que es de primer rango, pero que todavÃa no está protegido, por los espantos de la autoridad, contra asaltos y torpezas importunos: algo que recorre su camino como una viviente piedra de toque, sin haber sido aún catalogado ni descubierto, algo lleno de tentaciones, acaso velado y disfrazado voluntariamente. El hombre de cuya tarea y ejercitación forma parte el escrutar almas utilizará de múltiples formas cabalmente ese arte, para establecer cuál es el valor último de un alma, cuál es la jerarquÃa innata e irrever-sible a que pertenece: la pondrá a prueba en su instinto de respeto. Différence engendre haine [la diferencia engendra odio]: la vulgaridad de más de una naturaleza arroja de repente una salpicadura, cual si fuese agua sucia, cuando a su lado pasan un recipiente sagrado cualquiera, una preciosidad cualquiera sacada de arma-rios cerrados, un libro cualquiera que lleva las señales del gran destino; y, por otra parte, existen un enmu-decimiento involuntario, una vacilación de la mirada, una inmovilización de todos los gestos, en los cuales se expresa que un alma siente la cercanÃa de lo más digno de veneración. La manera como en conjunto se ha mantenido hasta ahora en Europa el respeto a la Biblia es tal vez el mejor elemento de disciplina y de refinamiento de las costumbres que Europa debe al cristianismo: tales libros profundos y sumamente significativos necesitan para su protección una tiranÃa de autoridad venida de fuera a fin de conquistar esos milenios de duración que se precisan para agotarlos y descifrarlos. Mucho se ha conseguido cuando a la gran masa (a los superficiales, a los intestinos veloces de toda especie) se le ha infundido por fin el sentimiento de que a ella no le es lÃcito tocar todo; de que hay vivencias sagradas ante las cuales tiene que quitarse los zapatos y mantener alejada sus sucias manos, - esto constituye casi su suprema elevación en humanidad. A la inversa, en los denominados hombres cultos, en los creyentes de las «ideas modernas», acaso ninguna otra cosa produzca tanta náusea como su falta de pudor, su cómoda insolencia de ojos y de manos, con la que tocan, lamen; palpan todo; y es posible que hoy en el pueblo, en el pueblo bajo, ante todo entre los campesinos 1s', continúe habiendo más relativa aristocracia del gusto y más tacto del respeto que entre el semimundo'g$ del espÃritu, que lee periódicos, entre los cultos.