Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal El genio del corazón, tal como lo posee aquel gran oculto, el dios-tentador y cazarratas nato de las conciencias, cuya voz sabe descender hasta el inframundo de toda alma, que no dice una palabra, no lanza una mirada en las que no haya un propósito y un guiño de seducción, de cuya maestrÃa forma parte el saber parecer - y no aquello que él es, sino aquello que constituye, para quienes lo siguen, una constricción más para acercarse cada vez más a él, para seguirle de un modo cada vez más Ãntimo y radical: - el genio del corazón, que a todo lo que es ruidoso y se complace en sà mismo lo hace enmudecer y le enseña a escuchar, que pule las almas rudas y les da a gustar un nuevo deseo; - el de estar quietas como un espejo, para que el cielo profundo se refleje en ellas -; el genio del corazón, que a la mano torpe y apresurada le enseña a vacilar y a coger las cosas con mayor delicadeza, que adivina el tesoro oculto y olvidado, la gota de bondad y de dulce espiritualidad escondida bajo el hielo grueso y opaco y es una varita mágica para todo grano de oro que yació largo tiempo sepultado en la prisión del mucho cieno y arena; el genio del corazón, de cuyo contacto sale más rico todo el mundo, no agraciado y sorprendido, no beneficiado y oprimido como por un bien ajeno, sino más rico de sà mismo, más nuevo que antes, removido, oreado y sonsacado por un viento tibio, tal vez más inseguro, más delicado, más frágil, más quebradizo, pero lleno de esperanzas que aún no tienen nombre, lleno de nueva voluntad y nuevo fluir, lleno de nueva contravoluntad y nuevo refluir... ¿pero qué es lo que estoy haciendo, amigos mÃos? ¿De quién os estoy hablando? ¿Acaso me he distraÃdo hasta el punto de no haberos dicho ni siquiera su nombre? A no ser que ya hayáis adivinado por vosotros mismos quién es ese espÃritu y dios problemático que quiere ser alabado de este modo. Lo mismo que le ocurre, en efecto, a todo aquel que desde su infancia ha estado siempre en camino y en el extranjero, también a mà me han salido al paso muchos espÃritus extraños y peligrosos, pero sobre todo ese de quien acabo de hablar, y ése lo ha hecho una y otra vez, nadie menos, en efecto, que el dios Dioniso, ese gran dios ambiguo y tentador a quien en otro tiempo, como sabéis, ofrecà mis primicias z°4 con todo secreto y con toda veneración - siendo yo, a mi parecer, el último que le ha ofrecido un sacrificio: pues no he encontrado a nadie que haya entendido lo que yo hice entonces. Entretanto he aprendido muchas más cosas, demasiadas cosas sobre la filosofÃa de este dios, y, como queda dicho, de boca a boca, - yo, el último discÃpulo e iniciado del dios Dioniso: ¿y me serÃa lÃcito acaso comenzar por fin alguna vez a daros a gustar a vosotros, amigos mÃos, en la medida en que me esté permitido, un poco de esta filosofÃa? A media voz, como es justo: ya que se trata aquà de muchas cosas ocultas, nuevas, extrañas, prodigiosas, inquietantes. Que Dioniso es un filósofo y que, por lo tanto, también los dioses filosofan, paréceme una novedad que no deja de ser capciosa, y que tal vez suscite desconfianza cabalmente entre filósofos, - entre vosotros, amigos mÃos, no hay tanta oposición a ella, excepto la de que llega demasiado tarde y a destiempo: pues no os gusta creer, según me han dicho, ni en dios ni en dioses. ¿Acaso también tenga yo que llegar, en la franqueza de mi narración, más allá de lo que resulta siempre agradable a los rigurosos hábitos de vuestros oÃdos? Ciertamente el mencionado dios llegó, en tales diálogos, muy lejos, extraordinariamente lejos, e iba siempre muchos pasos delante de mÃ... Aún más, si estuviera permitido, yo le atribuirÃa, según el uso de los humanos, hermosos y solemnes nombres de gala y de virtud, y harÃa un gran elogio de su valor de investigador y descubridor, de su osada since-ridad, veracidad y amor a la verdad. Pero con todos estos venerables cachivaches y adornos no sabe qué hacer semejante dios. «¡Reserva eso, dirÃa, para ti y para tus iguales, ypara todo aquel que lo necesite! ¡Yo no tengo ninguna razón para cubrir mi desnudez!». - Se adivina: ¿le falta acaso pudor a esta especie de divinidad y de filósofos? - En una ocasión me dijo asÃ: «En determinadas circunstancias yo amo a los seres humanos - y al decir esto aludÃa a Ariadna, que estaba presente -: el hombre es para mà un animal agradable, valiente, lleno de inventiva, que no tiene igual en la tierra y que sabe orientarse incluso en todos los laberintos. Yo soy bueno con él: con frecuencia reflexiono sobre cómo hacerlo avanzar más y volverlo más fuerte, más malvado y más profundo de cuanto es.» «¿Más fuerte, más malvado y más profundo?», pregunté yo, asustado. «Sû, repitió, «más fuerte, más malvado y más profundo; también más bello» - y al decir esto sonreÃa este dios-tentador con su sonrisa alciónica, como si acabara de decir una encantadora gentileza. Aquà se ve a un mismo tiempo: a esta divinidad no le falta sólo pudor -; y hay en general buenos motivos para suponer que, en algunas cosas, los dioses en conjunto podrÃan venir a aprender de nosotros los hombres. Nosotros los hombres somos - más humanos...