Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal Todo hombre selecto aspira instintivamente a tener un castillo y un escondite propios donde quedar redimi—do de la multitud, de los muchos, de la mayorÃa, donde tener derecho a olvidar, puesto que él es una excepción de ella, la regla «hombre»: —a excepción únicamente del caso en que un instinto aún más fuerte lo empuje derechamente hacia esa regla, como hombre de conocimiento en el sentido grande y excepcional de la expresión. Quien en el trato con los hombres no aparezca revestido, según las ocasiones, con todos los cambiantes colores de la necesidad, quien no se ponga verde y gris de náusea, de fastidio, de compasión, de melancolÃa, de aislamiento, ése no es ciertamente un hombre de gusto superior; mas suponiendo que no cargue voluntariamente con todo ese peso y displacer, que lo esquive constantemente y, como hemos dicho, permanezca escondido, silencioso y orgulloso, en su castillo, entonces una cosa es cierta: no está hecho, no está predestinado para el conocimiento. Pues si lo estuviera, algún dÃa tendrÃa que decirse «¡que el diablo se llene mi buen gusto!, ¡pero la regla es más interesante que la excepción, —que yo, que soy la excepción!» —y se pondrÃa en camino hacia abajo, sobre todo «hacia dentro». El estudio del hombre medio, un estudio prolongado, serio, y, para esta finalidad, mucho disfraz, mucha superación de sà mismo, mucha familiaridad, mucha mala compañÃa —toda compañÃa es mala, excepto la de nuestros iguales —: esto constituye una parte necesaria de la biografÃa de todo filósofo, tal vez la parte más desagradable, la más maloliente, la más abundante en desilusiones. Mas si el filósofo tiene suerte, cual corresponde a un favorito del conocimiento, encontrará auténticos abreviadores y facilitadores de su tarea, —me refiero a los llamados cÃnicos, es decir, a aquellos que reconocen sencillamente en sà el animal, la vulgaridad, la «regla», y, al hacerlo, tienen todavÃa el grado necesario de espiritualidad y prurito como para tener que hablar sobre sà y sobre sus iguales ante testigos: — a veces se revuelcan incluso en libros como en su propio excremento. El cinismo es la única forma en que las almas vulgares rozan lo que es honestidad; y el hombre superior tiene que abrir los oÃdos siempre que tropiece con un cinismo bastante grosero y sutil, y felicitarse todas las veces que, justo delante de él, alcen su voz el bufón carente de pudor o el sátiro cientÃfico. Se dan incluso casos en que a la náusea se mezcla la fascinación: a saber, allà donde, por un capricho de la naturaleza, el genio va ligado a uno de esos machos cabrÃos y monos indiscretos, como ocurre con el Abbé [abate] Galiani, el hombre más profundo, más perspicaz y, tal vez, también el más sucio de su siglo —era mucho más profundo que Voltaire y, en consecuencia, también bastante menos locuaz. Con mayor frecuencia ocurre, como ya se ha insinuado, que la cabeza cientÃfica está asentada sobre un cuerpo de mono, y un sutil entendimiento de excepción, sobre un alma vulgar, —entre médicos y fisiólogos de la moral sobre todo, un caso nada raro. Y allà donde sin amargura, sino más bien despreocupadamente, hable alguien del hombre como de un vientre con dos necesidades y una cabeza con una sola; en todos los sitios donde alguien no vea, busque ni quiera ver nunca más que hambre, apetito sexual y vanidad, como si éstos fuesen los auténticos y únicos resortes de las acciones humanas; en suma, allà donde se hable «mal» (schlecht) — y no sólo «perversamente» (schlimm) — del hombre —, el amante del conocimiento debe escuchar sutil y diligentemente, debe tener sus oÃdos en todos aquellos lugares en que se hable sin indignación. Pues el hombre indignado, y todo aquel que con sus propios dientes se despedaza y desgarra a sà mismo (o, en sustitución de sà mismo, al mundo, o a Dios, o a la sociedad), ése quizá sea superior, según el cálculo de la moral, al sátiro reidor y autosatisfecho, pero en todos los demás sentidos es el caso más habitual, más indiferente, menos instructivo. Y nadie miente tanto como el indignado. —